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jueves, 11 de agosto de 2016

DIÁLOGO ESTÁTICO A CUATRO VOCES PRONOMINALES I Y II - JUAN D. GÓMEZ



Les presentamos un relato, auténtico, de nuestro director; esperamos sea de su agrado o desagrado.






DIÁLOGO ESTÁTICO A CUATRO VOCES (I)

Ella un día cualquiera salió a caminar. Dejó su carro guardado en su parqueadero porque quería contemplar el mundo de otra forma. Salió de casa un poco antes de lo habitual, es decir, como aquel hábito de la puntualidad se lo había exigido durante tanto tiempo.


Él un día cualquiera salió a caminar. Dio descanso a su conductor y salió a contemplar el mundo de la manera real. Salió de su casa a la misma hora, como si fuera en el auto, pues no le importaba ser cumplido. Era quien mandaba. Podía tomarse ese tipo de licencias.


La Otra un día cualquiera salió a caminar. Era su costumbre hacerlo diariamente para ir al lugar donde trabajaba. Quedaba a unas pocas cuadras de su casa aquel lugar que no importa saber el nombre. Salió a la misma hora, pues ya era lo habitual que fuera de esa manera. Era una empleada, pero no le importaba, siempre respondía y cumplía con sus obligaciones, como buena persona sicorrígida que era.


El Otro un día cualquiera salió a caminar. No le gustaba hacerlo. Pero ese día tuvo que salir caminando por sus propios medios, pues su motocicleta estaba averiada y el afán podía más que cualquier otra cosa, pero aún así no le importaba si llegaba tarde a su lugar de trabajo. Eso lo hacía por ocio más que por necesidad.


El reloj marcaba las siete de la mañana de un miércoles dos de enero del año dos mil ocho. Los cuatro caminaban, en el parque, quizá no era el mismo, pero la hora sí, el tiempo era estático e igual para todos cuatro. Era una mañana fría, después de muchos días festivos, donde confluía la resaca con la pereza de comenzar de nuevo y ver cómo el tiempo y el mundo se hacía miseria en sus narices. No nevaba, pues no pasó en Europa lo que va a pasar. Ni tampoco hacía sol porque no era en el cono sur donde pasaba lo que pasaría cuando pasara. Era una mañana de clima tropical. El parque estaba lleno de grandes árboles; muchos de ellos rodeaban su entorno con su florecimiento amarillo o rosado; era algo maravilloso a esa hora de la mañana. El azar empezó a jugar.


-Ella: ¡Buenos días! Parece como si el mundo se hubiera detenido y convertido en un eterno lamento. ¡Maldita la hora en que se me ocurrió salir sin el carro! dijo.


-Él (que casualmente pasaba cuando Ella emitía esas palabras): ¡Muy buenos días! Es una linda mañana para contemplar las primeras horas del día. Di vía libre a mi conductor y me dieron ganas de caminar y contemplar la plenitud del mundo hecho realidad. No veo por qué usted, señora, está tan enojada. Dijo.


-La otra (que pasaba por allí todos los días, escuchó lo que Ella y Él habían dicho): ¡Buenos días! Ustedes se asombran por algo que para mí es tan normal. Ese árbol florece dos veces al año de esa manera; durante cierta temporada está sin hojas y solo es el tronco el que se manifiesta; pareciera que estuviera evocando la tristeza de antaño. Esta acera la he visto deteriorarse durante muchos años y nunca hacen algo para repararla. Incluso camino siempre por las mismas baldosas, sin pisar la línea, pues sería como estar a punto de cruzar el abismo. ¡Y ustedes ven esto tan asombroso! ¡Qué ridiculez! Dijo.


-El Otro (estaba sentado en la banca, amplia, por demás, donde pasó todo lo que se dijo antes): no se quejen, siéntense, hablemos, y dejen de pensar en esto o aquello; les invito a que tengamos una charla amena, corta, pero sustanciosa. Sí, no se hagan los tontos, ustedes. Usted, Usted, Usted y Yo, por supuesto, que para cada uno de ustedes soy otro Usted.


-Ella: Él, me gustaría responderle que no es que me sienta enojada, es que los días no son tan  maravillosos como éste, aunque igual parece que la estaticidad fuera lo único que dominara el mundo, pero es tan solo una apariencia, nada más que eso. Y, para darle respuesta a El Otro, me parece bien, la verdad estoy tan asombrada que me gustaría quedarme contemplando un poco más este paisaje, pues creo que cada pintura o cuadro es algo diferente cada día. Todos los amaneceres son diferentes. Sentenció.


-Él: es una buena idea. Podemos quedarnos contemplando el mundo tomando un café, pero tiene que ser en esta banca, en ninguna otra sería como en esta, pues hasta las bancas pueden traer consigo una mística que no todas compartirían. Pediré café para todos. Dijo.


-La Otra: la idea de quedarnos me parece buena; a ver si por fin vuelvo a darme cuenta de que el mundo tiene cosas extraordinarias para compartir con completos extraños como Ustedes, y yo, claro está.


-El Otro: está bien, veo que comparten mi idea de quedarnos contemplando el mundo un rato, pero será el mundo este parque y nosotros seremos sus únicos habitantes por un lapso de tiempo considerable.


Se aproximaban las siete y media de la mañana de ese día y en ese parque en donde todos confluyeron sin pensarlo con unos completos extraños que querían aislarse del mundo y reducirlo a tan solo una banca y los árboles que alrededor de ella había. Hubo silencio durante varios minutos, hasta que una voz se alzó:


-Él: iré ya por el café.


-La Otra: se está demorando mucho para ir; o si quiere traiga vino, es menos cotidiano que el café.


-Ella: sí, vaya pronto, traiga cualquier cosa, preferiblemente el vino y unos cigarrillos.


-El Otro: veo que están bastante animados, de igual modo los acompañaré, amables son todos Ustedes.


Un silencio sepulcral invadió aquel lugar que estaba en el espacio abierto.


-La Otra: por fin has llegado (refiriéndose a Él). ¿Sí has traído el vino?


-Él: claro que sí; además de ello también traje café, para quien quiera tomarlo.


-La Otra: me parecer perfecto, dame un trago de vino


-Ella: denme un trago a mí también. Muero de sed a pesar de ser aún tan de mañana.


-El Otro: está bien, ahora sí empecemos a hablar de alguna cosa; hagamos como si fuéramos amigos de toda la vida y quisiéramos dar nuestro parecer sobre el mundo sin importar reproches ni nada parecido. Antes de ello denme un trago y un cigarrillo; nunca es mal momento para los placeres mundanos.


-Ella: hoy salí de mi casa pensando que iba a ser un día tan normal y aburrido como todos los demás. Por esa razón dejé mi auto, para ver si presenciaba alguna cosa diferente en mi trayecto al trabajo, y creo que estuve en lo cierto. La gente solo vive lamentándose, incluso hasta yo. A veces me siento a mirar por la ventana de mi cuarto y me doy cuenta de que la vida se me pasa por encima y yo no hago nada para aprovecharla, ni siquiera contemplar algo tan insignificante, en apariencia, como aquel árbol amarillo que está en frente de nosotros. No sirve de nada tener algo estable; volverse esclavo del reloj; pensar solo en cumplir responsabilidades, y ¿dónde queda el ocio, la contemplación de sí y del mundo, las sonrisas honestas o las lágrimas libres y puras que humectarían nuestro rostro? Todo eso toca tragárselo, como si fuera un trago de vodka barata: baja rompiendo y pelando la garganta formando un taco que no explota ni encendiendo un cigarrillo en medio de un contenedor de gasolina.


-Él: es cierto.


-La Otra: es cierto, dijo.


-El otro: es verdad, pero aquello puede sopesarse con la ficción: hacer que el mundo parezca lo que cada uno quiere; mostrar esa cara ingenua (que no es más que la apariencia) ante el resto del mundo. Tragárselo a pedacitos. Pensar que cada vez que nos estamos lamentando es porque hemos hecho de cada día de nuestra vida un suplicio más que una contemplación del mundo. Dejar a un lado prejuicios y hacer de todo un juego, una libertad absoluta, un espacio en el que el azar sea el único dominante: el que lo rige todo; moverse de acá para allá, sea con alegría o con llanto, pero ante todo que sea porque queremos, y no por cuestiones externas a los demás, es decir, y para que no suene a sermón de libro de autoayuda, pensar que cada mundo es diferente y cada quien actúa conforme quiere, obviamente teniendo en cuenta a los demás, pero para este caso los Demás serán como  puntos pintados en un muro gigante en donde cada uno pasa desapercibido y padeciendo cosas diferentes a las del resto. Ser egoísta si es necesario.


-Ella: puedes tener algo de razón.


-La Otra: sí, lo comparto, pero quizá exageres un poco.


-Él: tienes razón, pero puede ser que no todos sean iguales. Que incluso la percepción del florecer de un árbol amarillo no sea igual de atractivo para otros, pero la diferencia tiene que estar, y marcarla o hacerla notar cada vez que se pueda. Pues acá yo soy más que Ustedes, pues tengo tanto dinero que ni se alcanzan a imaginar y una empresa bastante productiva. Por esa razón hay diferencia. Mi mundo es hermético, pero al mismo tiempo frágil; es frívolo, pero también en mi interior es cálido como el placer que produce ver el contorno y las líneas de una montaña en el horizonte. Pero aún así, soy diferente, obviamente sin tener en cuenta que desde tiempo inmemorial la diferencia ha sido demasiado importante, pero yo la radicalizo en aspectos singulares. Ustedes no son como Yo, y viceversa.


-El Otro: sí, tiene usted razón, pero sigue siendo demasiado materialista y simplista para el mundo.


-Ella: es usted alguien casi sin escrúpulos. Ha sabido manejar muy bien la máscara de la vida.


-La Otra: ustedes hablan y me parece escuchar gente que no habita este mundo. Es lo cotidiano, lo normal lo que vuelve estática la vida. El hermetismo impide ver que cada minuto que pasa es la diferencia entre la vida y la muerte. Todos estamos acá, unos adoran el dinero, otros su ridícula vida amorosa, otros la monotonía y la austeridad; también están los que sienten el mundo y piensan que un árbol es el esplendor máximo de la naturaleza; están los que hacen del resto de los animales una comunión íntima con el ser humano, como si éstos fueran uno más. No, la cosa no es tan maravillosa. Tampoco estoy diciendo que el camino sea la lamentación y el llanto; pero tampoco estoy a favor de ver el mundo como el esplendor máximo de la divinidad y que todo lo que existe en éste sea por lo que tengamos que vivir sonrientes o felices todo el tiempo. Me parece más sorprendente ver una línea bien trazada en el lugar más inoportuno; sentir la punta de una hoja en la yema de mis dedos; mirar al sol y ver que es tan imperfecto que necesita esconderse varias horas y todos los días, cada mes, durante todos los años, por los siglos de los siglos; o ver cómo cada cigarrillo o cada trago de licor que me tomo vuelve mis sentidos otra cosa, pues se hace insoportable tanta monotonía. En fin, hasta la misma embriaguez de los sentidos es aburrida cuando se vuelve monótona. Es mejor estar viviendo y esperar nada, para que así la decepción o la ansiedad no sean el motor de nuestras vidas y nos conviertan en unas máquinas parlantes que repiten lo mismo todo el tiempo y luego nos miramos en el espejo y nos damos cuenta de que somos uno más del montón.


Pasaron varios minutos. Eran ya casi las nueve de la mañana de ese día dos de enero del año dos mil ocho, pues entre cada respuesta había un intervalo de tiempo prudente como para decir que hubo silencio.


-Ella: creo que son posiciones muy diferentes, algunas convergentes, pero están bien hechas y se ve que son desde lo más profundo. ¡Qué buen vino!


-Él: sí, han sido unos minutos bastante amenos, y yo diverjo más de lo que converjo con ustedes.


-La Otra: siento que Ustedes son unos completos extraños y lo que hemos hablado lo ha reafirmado sobremanera. Resulta que no por tratar de estar en armonía con el mundo y quienes lo habitan, la cosa va a funcionar.


-El Otro: a mí me parece que la ficción lo puede todo; si nos sumergimos en ella el mundo puede tornarse de múltiples colores, de varias cosas que ninguno de nosotros será capaz de comprobar alguna vez en esta existencia. Por esa razón yo prefiero nadar en el mar de la ficción y vivir en la aparente armonía que el mundo permite crear.


-Ella: eso es todo por esta vez, tengo que seguir mi rumbo. Seguiré lamentándome y maravillándome con el mundo, pues salir sin auto me permite eso.


-Él: sí, ha sido un gusto estar con ustedes. Seguiré contemplando y buscando diferencia hasta en cada uno de mis pasos.


-La Otra: la pasé bien, mas no digo que son personas maravillosas; creo que hoy fue una pura conspiración del azar en nuestra contra.


-El Otro: creo que Él me echará de mi trabajo, pero la verdad no me importa. Por eso se lo digo de una vez. Fue una charla demasiado amena; lástima que tendrá que terminar de la manera más inesperada. Pues aún no terminará y cada uno de Ustedes subirá a ese auto que llega justo en este momento. Así que tantas cosas maravillosas que han dicho no han servido de nada. Pues La Otra es la única que ha atinado a la intención inicial de mi invitación, esto es “una pura conspiración del azar en nuestra contra”...


CONTINUARÁ...




DIÁLOGO ESTÁTICO A CUATRO VOCES PRONOMINALES (II)


-Ella: debería salir corriendo y gritar y sentarme en un rincón a llorar y lamentarme, pero no lo haré, o quizá sí, solo me queda esperar. Ese carro que viene por nosotros es demasiado extraño como para hacer cualquier esfuerzo para evitar montarse en él; las cosas extrañas pueden resultar más interesantes que las mal llamadas “interesantes”.
-La Otra: no me parece para nada sorprendente el hecho de montarnos en ese carro, pero lo haré; de todas formas mi vida trasciende en lo cotidiano y monótono, así que esto quizá le dé un toque de extrañeza a tanta mala costumbre.
-Él: me da igual. Subámonos lo antes posible antes de que el inclemente sol empiece a hacer de las suyas con nuestras pieles.
-El Otro: quiera o no quieran montarse tendrán que hacerlo, no les queda otra salida. Para sorpresa de ustedes no tengo ni idea de cuál será nuestro rumbo en este siniestro.
Ya había pasado un tiempo prudente como para estar próximo el medio día de esa fecha sin relevancia. El carro se detuvo justo en frente de ellos, con lo cual el esfuerzo que tuvieron que hacer para subirse a éste fue mínimo, se subieron, y allí comenzó el padecimiento de estos cuatro personajes.
-La Otra: ¡qué frío hace!
-Ella: sí, es bastante fría la mañana en este auto lujoso. El sol no asegura calor.
-La Otra: el sol no asegura cosa alguna.
-Ella: es cierto, quizá sea más cálido el mito del infierno.
-La Otra: tal vez así lo sea.
-Ella: la noche de ayer pensé que hoy sería un día extraño.
-Él: de nada sirve pensarlo, ahora, justo ahora, puede afirmarse esa situación.
-Ella: solo lo pensé, eso no implicaba que fuera a suceder o que estuviera adivinando ni afirmando el destino; esto es pura cuestión de azar.
-Él: es demasiado azaroso, el destino tiene más forma que el azar, por ello es más pavoroso.
-La Otra: siento que vamos camino a la muerte o al abismo, que resulta ser casi lo mismo.
-Ella: hacia allá vamos; sea hoy o mañana, en un mes o en muchos años, es lo único fijo, la diferencia está en el camino.
-El Otro: todos los caminos son diferentes, así recorramos el que, en apariencia, es el mismo.
Hubo una pausa repentina.
-La Otra: cuando pienso en que el vino se ha terminado me entran unas ganas inmensas de llorar.
-Ella: ¿por esas banalidades le dan ganas de llorar?
-La Otra: esas pequeñas cosas son por la que vale la pena llorar. Para qué hacerlo por el sufrimiento, la soledad, el olvido o la muerte. Esas cosas son demasiado monótonas y habituales, ya no sorprenden, porque ese camino diferente marca en sí una igualdad: lo que produce lamentación es siempre lo mismo, lo normal, lo convencional.
-Ella: a veces me han dado ganas de pensar que esas hojas color marrón que había en el parque adornarían sobremanera la fría lata de este carro. Sería un camino menos tortuoso, pero no quiero llorar, no me gusta hacerlo.
-Él: no lloren, no lo hagan, me fastidia mucho el llanto.
-Ella: usted parece tan insensible y, por lo que veo, así lo es.
-Él: no lo soy, deje el drama.
-Ella: esa respuesta afirma lo que he dicho antes.
-Él: nada afirma cosa alguna, todo pasa, simplemente pasa.
-Ella: eso lo reafirma aún más.
-Él: eso me parece estar escuchando, en otras palabras, la verdad.
-Ella: cualquier cosa puede ser verdad; no hay una única verdad, hay muchas y variadas verdades.
-La Otra: con esas cosas que están diciendo estoy a punto de caer en el llanto.
-Él: llore si es lo que quiere, o no lo haga si siente que es mejor así; preferiría que fuera la segunda opción la que usted escogiese.
-El Otro: debería dejar de hablar tanto. El silencio es necesario.
-Ella: así debería ser siempre, pero escuchar los sonidos del mundo es tan agobiante y fúnebre.
-La Otra: es tormentosa la noche. Los gatos haciendo ruido en los techos, los perros haciendo ruido en el aire, la gente respirando y gimiendo todas las noches, esa es una verdadera tortura: da cuenta de la vida en el exterior.
-Ella: así es.
-Él: de acuerdo con usted.
-El Otro: concuerdo con lo que dicen, pero creo que cada vez nos aproximamos más al lugar al que este camino conduce.
-Él: deberíamos callar unos minutos y tratar de dormir o por lo menos cerrar los ojos.
Un momento de calma invadió el auto. Ellos dormían (o cerraban simplemente los ojos). Llegaron al lugar al que iban, pero del cual ellos no tenían la más mínima idea.
-Ella: ¿qué lugar es este?
-La Otra: por lo menos es tranquilo, y hace menos frío que en el auto.
-El Otro: este lugar me recuerda un lugar que leí, pero era más bonito en la expresividad de las letras.
-Él: no importa dónde estemos. Lo relevante sería saber para qué estamos en este lugar.
Irrumpió nuevamente el silencio.
-La Otra: quiero un trago de vino y un cigarrillo, me resulta familiar este lugar, quizá sea el mismo en el que El Otro estuviese pensando.
-El Otro: yo pensaba en un lugar como aquellos que describía Lewis Carroll en sus obras “para niños”.
-La Otra: yo pensaba en eso mismo, pero en mi caso era “para niñas”.
-El Otro: no importa para quién fuera, finalmente solo fueron letras sueltas al son de la tinta y la mano. Lo real.
-Él: ¿qué dice? ¿Lo real?
-El Otro: sí, “lo real”. Aquello que despierta reales emociones, lo que no se ve con los ojos abiertos sino con ellos cerrados en la liberación última de los sentidos. El éxtasis mayor de la plenitud hecho palabra-ausencia-mundo. Un espacio en el cual las palabras describen más lo que el cuerpo no puede, lo que el mundo real no permite, eso es lo real: la realidad real.
-Ella: eso se presta para discusiones muy complejas y divergentes, por eso dejémoslo ahí y pensemos en qué demonios estamos haciendo en este lugar.
-La Otra: esas velas encendidas a plena luz del día. Pero quizá en otro lado es de noche, así que no resulta descabellado encenderla a cualquier hora. Tengo hambre.
-Ella: un trago de vino sería perfecto. No hay ni un reloj que manifiesta el tiempo, pues el espacio ya lo tenemos definido: la duda.
-El Otro: ¿para qué un reloj cuando se está en la incertidumbre?
-La Otra: deberíamos dejar de jugar ya y salir de esta habitación. Esta algarabía de fin de año y comienzo del otro se ha extendido demasiado.
-Ella: sí, ya estamos diciendo más disparates que en la primera entrada.
-Él: sí, esta habitación la necesitan los del grupo de teatro para ensayar y preparar las fiestas de pascua. ¡Qué acelerados son!
Nuevamente reinó el silencio en ese lugar, aparentemente un parque, pero ni Él, ni Ella fueron muy claros, pero tampoco El Otro ni La Otra despejaron claramente lo que era realmente ese parque.
-Ella: esto ha sido lo más próximo a la pesadez que se siente cuando la vida sobrepasa los cuarenta años.
-Él: ni personificando o haciendo la ficción de algo esto realmente pase. Encenderé un cigarrillo más en mi boca de cenizas.
-La Otra: ha resultado más decepcionante de lo que esperaba.

-El Otro: no ha pasado nada. Todo continuará igual. “Ahora es nunca o jamás, o simplemente fue”. Deberíamos recordar que cuando se está en un cuarto como este, viendo un montón de máscaras y disfraces, lo que da ganas de pensar es en la vida cotidiana, en el mundo teatral, cómico y trágico que la vida es allá afuera, en este afuera también se siente estar más adentro, pero nunca estamos resguardados, siempre la deriva, el azar y la intemperie manifiestan la vida real, la vida en sí.

-Él: sí.
-Ella: sí.
-La Otra: sí.
-El Otro: y así será siempre, por los siglos de los siglos.
Posterior a eso todos se levantaron, dejaron de recrear ese mundo casi real en el que se habían sumergido. Salieron a la calle, y sí, todo seguía igual. No pasó ni pasaba nada que irrumpiera en lo cotidiano. Sirvieron más trago ruso (ese era el que realmente estaban tomando) y siguieron cada uno su curso, cualquier curso: la línea del camino diferente. El Otro, gritó: “esta ficción del afuera es demasiado abrumadora”

*El presente relato es autoría del señor Juan David Gómez Trujillo, cualquier inquietud al respecto: juangato16@outlook.com




miércoles, 30 de octubre de 2013

AL CLARO FICTICIO DE ESTOS ESPEJOS - LUDOVIC JANVIER

Al Claro Ficticio de Estos Espejos[1]
Ludovic Janvier (Francia) 

A continuación Kaosmot's les presenta este relato del autor francés L. Janvier. En éste se nota cierto aire de erotismo, romanticismo y simbolismo. Así como un juego con el lenguaje bastante particular y muy utilizado por los poetas del siglo XX. Un lenguaje no-lenguaje articulado. 
Una sensación de perplejidad es lo que deja este texto que, sin más preámbulo, les presentamos y esperamos sean capaces de digerir con facilidad, de no ser así, mucho mejor, pues queda clara la intención del autor: dar libertad de coacción, unión e interpretación al lector; aquí está, aquí lo tienen:

***

    La historia de hoy será: yo de pie él me mira fijamente aplastado en el suelo frío el aparejo a la mano primero luego el ojo derecho no el izquierdo disimulado detrás el otro es absorbido por el parpado plegado luego los dos ojos desaparecidos ahora se arrastra al avanzar hacia mí para tocarme luego recula piernas separadas ayudándose de las rodillas veo el pantalón que vuelve a subir a lo lejos de las pantorrillas redirecciona un poco la cabeza para apuntar mejor, tirar mejor voy a tener frío colado de viento fresco entre marco y larguero de la ventana mal juntos veo nubes por el cielo, invento formas vientre manos        sus manos en las largas venas cierran  los ojos calientes en ustedes [2] abren los ojos ellas están ahí        manos nariz pelusas se estiran en el azul mírame dice él yo giro la cabeza de un golpe oculta aparejo y celda el rostro crispado está al descubierto cae la cabeza en sus manos en las largas venas no he querido estar distraído pero no es eso para mí que tiene de eso es eso en él mismo busca qué yo no él tamborilea con los dos puños en la piel de cabra hace falta que yo circule el frío gana mis pies él ha reposado la piel de cabra bajo él hace dos o tres gruesos pliegues y los puños bajo el mentón codos en las baldosas me mira        claros ojos los encuentro misteriosos        me mira él dice ya más ahí parte que tú eres de la misma fuga él continúa pero espera yo la tendría tu piel pálida quemada febril fresca si hace falta la devolveré la tomaré desde tan cerca que la mirada estará dentro para ver para recorrer el interior todo lo que vive debajo de eso y mantiene eso visible humores redes intercambios espesores todo lo que nutre esta epidermis y que quiero explicar comprendes no solamente el blanco ni la sombra sino soberana la densidad el alimento bajo el relieve todo lo que se acaba en el dulzor de ese relieve para  poro a poro retrazar el perfil inclinarlo por morir respira dice él él ha dicho respira que yo te siento levantar carne y piel ese viejo milagro yo respiro él se calla me mira fijamente tira me mira fijamente yo nunca podré verme como él me ve        las lámparas sobre la piel muy cerca tengo calor estoy bien estírate más dice él yo obedezco se ha sentado en la bajada de lecho ha inclinado la lámpara de la cabecera hacia mi seno izquierdo tengo más calor aún mi piel se hincha pero no no me mira dice él duerme o sueña o piensa no tus ojos volteados hacia mí ni siquiera abiertos te quiero cerrada piensa en tus venas en tus mucosas en el recorrido de tu sangre en todos los licores los humores que en este momento destilan no dice nada más he cerrado los ojos        dulzor del cielo a seis horas el rosa        he cerrado los ojos escucho algunos ruidos lejanos a algunos centímetros voy a dormirme calor de su mano no lejos de mi talla de mi vientre de mis muslos ella vuelve a subir hacia el cuello él se ha detenido de respirar debe pasear por la celda encima de mi piel un ruido de metal sobre la mesa base la habrá puesto habrá tomado el aparejo escucho el frote de la camisa contra el jersey por este calor ha guardado su jersey espero que rapte de cuando en cuando es un shetland[3] choque del aparejo es un shetland el aparejo choca aún mi piel por destellos se inscribe en la gelatina paisaje de algunos decímetros de algunos centímetros y para el ojo este será el levantamiento de la epidermis hacia la enorme dulce hinchazón del seno o su división en los dos dobladillos de los labios o su estiramiento sobre la jaula de los lados hacia la pálida playa del vientre y la crecida hacia el pubis o la división aún si es la mano hacia los dedos alargados cada uno su sombra sobre la piel plena del muslo izquierdo donde tengo tanto calor en este momento aprendo a ver dice él él me mira fijamente tira lo escucho bien no me molesta no se mueve no me muevo
levántate me levanto vístete de nuevo me visto de nuevo él gira en redondo como a la caza cabeza bajada he terminado se detiene ligera la lana del tejido de punto se tiende sobre mis senos        si quiere hacer valer su        el escote es redondo sin bostezar quita[4] quito quita aún estoy en camisa de noche ahora la transparente a través se puede ver fresas de los senos soy yo su movimiento la curva del vientre lo implano del ombligo        error sobre la persona        he debido dormirme escucho su voz dice el tul espumea encima de la espuma más sombrea el mal gusto        sí el mal gusto amenaza
     se aproxima dice espera espera esta luz recula esta luz no él recula hasta la puerta si ahí adosa levanta el brazo derecho el aparejo en la punta de la cual doblándole el cuero choca contra el ante brazo pero baja el brazo ya eso no es lo que no no eso es demasiado ligero demasiado seco dice        adiós a la suerte de encontrarse en la persecución de estos reflejos sí de estos reflejos de una diferente        eso es demasiado seco me hace falta el agua no comprendo si el agua va en tu bañera dice que vaya en mi bañera voy hacia la bañera hago vaciar el agua fría me ha seguido guarda la camisa se diría un maniaco me mojo es demasiado frío no me ha quitado su mirada sobre mí todos los pliegues cuando me vuelvo a dirigir a la caída de tul pegado contra mí chorreante he hecho lo que me ha dicho        cuál es la verdad que en el hilo de estas palabras recula
se ha separado vuelve sobre mí el aparejo en el sitio del rostro voy a salir de la bañera el aparejo choca paso por encima el borde el agua chorrea pronto en el enlosado el tul está helado contra mi piel el aparejo choca a mis pies es un charco ahora el agua se extiende hacia los muros alrededor mío el aparejo choca él me dice una mano contra ti el aparejo aún avanza avanzo sigo prendida
que dejaras escapar algo por las ranuras camina yo camino que te rompes que te olvidas de repente piensa en la rueda piensa en el caballo en tus cabellos dentro del agua en ti ligera cuando gozas va viene hasta lo que diga sentencia por ejemplo relato algo busco al caminar voy vengo busco eso yo lo he olvidado pero qué poeta ha dicho de eso
cómo fiarse de este nuevo desvío        es dicho de eso cresta y sílex y hierba sílex y hierba y creta y sílex camino me mira al caminar y sílex y polvo y creta y sílex hierba hierba y sílex y creta cuándo va a decir para sílex y creta sílex sílex y creta creta para estoy ante el hielo los muros blancos están detrás de mí me dice avanzar aún avanzo soy yo desnuda ante el alto espejo de frente luego de lado dice él de lado mi reflejo luego yo luego los dos dice el aparejo en el rostro no escucho bien serás tú él está de pie luego una pierna doblada a la derecha se recula una pierna doblada a la izquierda luego los dos luego de rodillas luego invertido atrás se vuelve a levantar se aproxima mira fijamente no abre tengo mal en los riñones tengo mal en los ojos hace demasiado claro        nada no ha vuelto        ha recargado el aparejo mis manos mira fijamente abre mis ojos semejante mis senos tus senos nombra mira fijamente tira de mi hombro mi cuello semejante tú dice él mis brazos levanta dice él infantil extenuante pero levanto mira fijamente tira de mi vientre tu vientre nombra semejante por la nuca los cabellos el ojo así tu ojo dice él ruedas fibras rodajas fibrillas me ve no puedo verle choques mi ojo ha pasado tu nuca nombra como tus cabellos        sí verse de espaldas yendo y viniendo la libertad        como caen cuando caminas tu mano        bastante        tu mano dice él
que esos vanos ornamentos que esos velos        bastante de esas imágenes bastante de esos gestos mundanos        falsa claridad donde todo se anula historia para nada


B

    Soy yo quien va a retomar frente al espejo donde ninguna otra figura se formará más que, si es posible, la mía. Evitar lo reflexivo. Podría decir fácilmente: lo que me ha puesto hacia al espejo de estas palabras (pero pienso no inventar nada y me debo añadir: lo que me pone y me retiene frente al espejo de mi entrada, una vez la puerta abierta), es la incertidumbre común, de donde lo necesito como se dice incoercible: el de constatarse, de reconstruirse, quizá de constituirse, la única certidumbre comprobándose la certidumbre de la imagen en los propios contornos por detenerse al fin en otra parte constante del pensamiento, como se comprueba también la certidumbre de estas palabras, trazadas por mi límite. No lo diré, viniendo de decirlo. Bien.  Soy yo pues quien va a retomar, al claro provisorio de otras palabras.
Así: del índice izquierdo apoyado bajo el párpado, soy yo, habiendo despegado éste de la esclerótica un instante congestionada. Mirada. El deseo de ver dibujarse en ese campo, palabras espejo, una aparición nítida de sí. Pequeño vaso estallado a izquierda del iris, el iris del reflejo, el reflejo del ojo izquierdo, azul. El párpado refleja su borde rosa rojo, sí mucoso, y sacado más por el índice que apoya, vuelve a levantar bajo la línea de flotación en la baja de la esclerótica normalmente oculta, que la pulgada del médico no tiene miedo a las uñas siempre nítidas desprende para interrogar el estado general del paciente, una red de vasos capilares de las cuales, pero el espectáculo es poco atractivo toda cuenta hecha. El párpado retoma su sitio, el índice se desata. Pero es mantenido cerca del ojo, dirigido, indicándole con la mirada que va lentamente del dedo fino y delgado, bella expresión       qué bella mano decía ella sí sobretodo la izquierda reflejada la izquierda señalada la izquierda pues la otra está un poco deformada por el ejercicio pequeño de la pelota vasca a mano desnuda con una pelota de tenis contra un muro de pensión así pues eso no es del todo la pelota vasca        es que una mano sería siempre más grande o más larga o más pesada que la otra como aquí donde domina lo mayor deformado informado por la práctica quizás inconsiderada de la escritura        que va lentamente del dedo fino y delgado luego al ojo, que va lentamente del ojo a él, de él al ojo, reposo. Sonrisa. La sonrisa ceremonial, rito de reconocimiento, de reajuste, por la complacencia de la cual hay juntura con un presentable diferente, sonrisa como luego del lavado de los dientes por ejemplo, los dientes examinados labios bien separados y la separación reduciéndose un poco hasta significar, esmalte visible aún pero tensión muscular resuelta pliegues reducidos hasta ellos solamente que, bien, hasta significar la sonrisa como, la nítida sonrisa presentada por lo helado, yo. Es el muchacho que se le conoce, lleno de salud, bella tez, la misma diferente, bello complemento de mirar, bello me para gustar. En el espejo esta superficie de mí cuya pose desanima la exploración que es esto. Las mejillas han vuelto a bajar, los labios retoman su sitio, los ojos al fondo de las órbitas azules pequeños yendo de derecha a izquierda de izquierda a derecha como si buscaran algo. Buscan algo. Al descubierto figura recubriéndose. Toda la historia. Largo rostro detallado. Su rechazo. Que sea aproximado con todas las preocupaciones dentro del espejo, y para la ceremonia de la mirada que sea preparada por los ritos de la familiaridad, enmascarada para la prueba, sí, pero que otro le ase en el curso de una expresión incontrolada, la parada en el discurso, la tuya fuera de vigilancia, no, eso es. Vuelven a subir las mejillas. Es la indulgencia del reposo. Por esta nueva luz todas las preocupaciones han sido tomadas. Uno podría escucharse decir entonces: ¡pero écheme el problema en esta organización! ¡Tiéndame esta figura hacia otro lugar! ¡Gíreme esta mirada hacia el mundo, su campo, su historia! ¡Su cara es inevitable, pero eso no es precisamente más que su cara! ¡No está hecha para ser vista por ella misma, ya que es su cara! ¡Y el hambre de los otros, la muerte de los otros, la prisión de los otros, y la cara de los otros! En efecto. De las sienes a la raíz de la nariz
     en efecto pero no hay aún respuesta        he aquí los párpados sobre los cuales el dedo humectado de saliva se pasea, luego la nariz, luego la boca. Contra esta boca de otras bocas y la piel, caliente, de las lenguas en ella su lengua dentro de otras, mucosas por estos labios y esta lengua rozados acariciados recorridos, como con otros ojos estos ojos vistos mirados mirados fijamente hasta lo que los párpados laten sobre el iris y pupila tendidos, como hacia este espejo para este espejo: vidrio palabras tantos gestos han sido inscritos tantas palabras pronunciadas. Así: desnudo, de frente, el aire asombrado. Así: la puerta en seguida cerrada, desembarcando del afuera en el campo de los reflejos, un breve vistazo a sí, ilegible. Así: desnudo, de frente, sexo en la mano, el ridículo de la situación pero en fin soy yo, pasada la excitación y remangado lo que fuera estaba fuera de estuche, sin testigo frente al espejo por sopesar o acariciar el querido escroto. Así: ojo contra ojo su doble, superficie azul yendo de la una a la otra superficie azul en lo plano del espejo con para único reposo fuera de campo o mejor difuso el blanco de los muros, el asombro de la máscara haciendo desaparecer lo asombrado en los iris próximos, alrededor de la pupila una corona de amarillo que se difunde en el azul        quizá la respuesta pase por estas palabras que no habrá más que redecir        la esclerótica es bien propia.  Luego retroceso, así: ojeras remontadas, párpados plegados por un aire escuchado, malicioso va. Ficción. Así: la mirada concentrada hacia la raíz de la nariz los ojos sin fijarlos ven los ojos su doble en lo indistinto alrededor del punto fijado        bella máscara lamentable figura        alrededor del punto ficticio fingiendo para la mirada de sí sobre sí paralizada        bastante espejo ficción sistema cerrado donde todo se anula        en otro lugar en otro lugar por el claro de otras palabras        aquí más nada no puede verse

B

    Ciertamente estoy decepcionado, y le  he decepcionado también. Mentir de más cerca. Bien escuchado, ya que la denegación de la invención siempre es la invención de la denegación. Pose sin fin. ¿Mientras que valen estos trazos?
    Así pues: el deseo de mí al cual primero he dado figura al pensar que me aproximaba, me alejaba. Imagen extraña perdiéndose en la ilusión realista de sus reflejos. Sin embargo, soy yo. No, es mío[5]. No habiéndolo creído, he creído otra cosa: arreglarme para que las palabras no me suelten más. Pero el espejo de las palabras no es más fiel para contener mi imagen y reunirla en mí (qué ingenuidad), se aparece tan extraña como la figura haciéndome frente al fondo del vidrio, inmovilizado. Sin embargo, soy yo. No, es mío. Al hilo de las palabras, creo percibirme recorriendo este trazo hoy, es como si las palabras, cuando “acercaba”, hubieran ido vaciándose de algo. Sin embargo, permanezco en ellas. Y estas palabras, ahí, que acabo de escribir, de lo que es bastante absurdo decir que se vacían o no se vacían, sucediendo a esas dos apariciones tan ficticias la una como la otra y alejándolas para ver mejor, no es ni más ni menos que ellas una tercera figura que me dibuja. Ni de más cerca ni de más lejos. De lo que he, ni más ni menos que algunos de los otros dos, de esperar mi confirmación.
     Es posiblemente en virtud de todo eso que
     Es tiempo que me detenga. Vamos (amo este imperativo, su aire falso me va bien), si tengo alguna suerte, ya está en otro lugar, quiero decir en l historia que mañana les reservo, y me cuento. Pues hoy era poca cosa, al claro ficticio de estos espejos.


[1] Este texto se encuentra en Les Cahiers du Chemin, Enero de 1969.
[2] …sur vous vous fermez les yeux… También podría traducirse: …en ustedes se cierran los ojos…
[3] Prenda tejida con lana de los carneros de las islas de Shetland, Escocia.
[4] enlève: podría traducirse por levanta, pero lo que se traduce anteriormente por levántate… es el verbo léver que, igualmente, tiene estrecha relación con el verbo enléver.
[5] Hay aquí un juego que se pierde en español, pues en francés dice: “Pourtant, c’est moi. Non, c’est de moi.” Lo que se ha traducido por: “Sin embargo, soy yo. No, es mío.” Esta particularidad de la expresión c’est moi dificulta la traducción de la segunda frase. En todo el texto, lo que ha sido traducido por “soy yo”, es en francés c’est moi.

martes, 23 de julio de 2013

SAMUEL BECKETT - PRIMER AMOR

Esta vez les compartimos un gran relato de un gran autor (que no se note que es el favorito del administrador de esta página), Samuel Beckett. Es un poco extenso, pero vale la pena leerlo, se sorprenderán, o decepcionarán, cualquiera de las dos opciones, pero tómese un tiempito para leerlo y compartirlo.



PRIMER AMOR - SAMUEL BECKETT (IRLANDA)

Tiendo a asociar mi matrimonio, para bien o para mal, con la muerte de mi padre en el tiempo. Que existan otros nexos, en otros planos, entre estos dos asuntos es muy posible. Como están las cosas, suficiente tengo con tratar de decir lo que creo saber.


No hace mucho fui a visitar la tumba de mi padre, eso sí lo sé, y me percaté de la fecha de su muerte, solamente la de su muerte, ya que la de su nacimiento no me interesaba ese día en particular. Salí en la mañana y regresé al anochecer, habiendo tomado un almuerzo muy ligero en el panteón. Pero unos días más tarde, deseando saber la edad que tenía al morir, tuve que regresar a su tumba paraanotar su fecha de nacimiento. Entonces escribí como pude las dos fechas límite en un papel que ahora llevo conmigo. Así pues tengo ahora derecho de afirmar que debo haber tenido unos veinticinco años cuando contraje matrimonio. Mi fecha de nacimiento, repito, la mía, nunca se me olvida, nunca tuve que anotarla, permanece cincelada en mi memoria, el año cuando menos, en números que la vida no borrará fácilmente. Es más, el día regresa a mí cuando me lo propongo, y con frecuencia lo celebro, a mi modo, no digo que cada vez que me viene a la cabeza porque sucede muy a menudo, pero sí frecuentemente.

En lo personal no tengo nada en contra de los panteones, puedo respirar el aire fresco ahí a mis anchas, tal vez con más ganas que en ningún otro lado, cuando de tomar el aire fresco se trata. El olor de los cadáveres, claramente perceptible bajo los del pasto y del humus mezclados, no me resulta desagradable, es demasiado dulce tal vez, un poco impetuoso, pero infinitamente mejor que el que emiten los vivos, sus pies, sus dientes, sus sobacos, sus frentes pegajosas y sus óvulos frustrados. Y cuando los restos de mi padre son parte, aunque humilde, de estos dulces olores, casi podría derramar lágrimas. Los vivos se lavan en vano, en vano se perfuman, apestan. No cabe duda, si de elegir un lugar se trata, digo, si he de salir de todos modos, denme mis panteones y ustedes quédense —sí— con sus parques públicos y bellos panoramas. Un sandwich, un plátano, me saben más dulces cuando me siento en una lápida, y cuando es hora de orinar de nuevo, como suele suceder, lo hago ahí mismo. O paseo por ahí, con las manos entrelazadas sobre la espalda, entre las losas, inclinado o enderezado, leyendo los epitafios. 

Estos últimos no me apuran, hay siempre por ahí tres o cuatro de una chocarrería tal, que me veo obligado a sujetarme de una cruz, o de una estela, o de un ángel para no caer. Yo compuse el mío hace ya mucho y todavía me agrada, siquiera eso. Los otros textos que he escrito más tardan en secarse que yo en inquietarme, pero mi epitafio aún merece mi aprobación. Desafortunadamente hay pocas posibilidades de que pudiera esculpirse sobre la calavera que lo concibió, a menos que el Estado se hiciera cargo de ello. Pero para ser desenterrado, primero debo ser hallado, y me temo que esos caballeros se las verían negras para encontrarme vivo o muerto. Así pues, me apresuraré a dar cuenta cabal de su contenido aquí y ahora que aún hay tiempo:

Aquí yace el interfecto que allá arriba falleció. 
Tan puntualmente que hasta hoy sobrevivió.


El segundo y último verso es algo cojo quizás, pero no tiene mayor importancia, se me perdonará eso y mucho más cuando se me haya olvidado. Y luego, con un poco de suerte, uno puede darle en el blanco a un entierro genuino, con dolientes reales y vivos y una extraña viuda haciéndose para atrás con la intención de lanzarse al agujero. Y casi siempre el encantador asunto de convertirse en polvo, aunque según yo no hay nada menos polvoriento que los hoyos de este tipo, se asocia con el estiércol aunque no haya ni una brizna de polvo alrededor de los difuntos, a no ser que hayan muerto víctimas del fuego. No importa, la pequeña artimaña del polvo es encantadora. Sin embargo, el terreno de mi padre no era de mis favoritos. 

Para empezar estaba demasiado lejos, allá por el campo silvestre en uno de los costados de una colina, y era demasiado pequeño además. Lo que es más, estaba casi lleno, unas cuantas viudas más y listo. Yo prefería Ohlsdorf de plano, en particular la sección Linne, en tierra prusiana, con sus novecientos acres de cadáveres bien empacaditos, aunque yo no conocía a nadie ahí, salvo, por su reputación, a Hangenbeck, el tipo que atrapaba animales salvajes. Si mal no recuerdo, hay un león grabado en su lápida; para Hagenbeck la muerte debe haber poseído la contención de un león. Los carros van de aquí para allá, hasta el tope de viudas, viudos, huérfanos y gente por el estilo. Arboledas, grutas, lagos artificiales con cisnes, vaya un consuelo para el inconsolable. Era diciembre, nunca había tenido tanto frío, la sopa de anguila me había caído mal, tenía miedo de morir, me volteé para vomitar, los envidiaba. 

Pero, pasando a cuestiones menos melancólicas, al morir mi padre tuve que irme de la casa. Era él quien deseaba que yo estuviera ahí. Era un hombre extraño. Un día dijo Déjenlo en paz, no está molestando a nadie. No sabía que yo lo estaba oyendo todo. Se trataba de una opinión que debe haber externado con frecuencia, sólo que las demás veces yo no andaba por ahí. Nunca me dejaron ver su testamentosimplemente me dijeron que me había dejado equis cantidad. Entonces yo creía, y todavía lo creo, que había estipulado en su testamento que se me dejara en el cuarto que siempre ocupé cuando él vivía y que se me llevaran los alimentos ahí como antes. Incluso pudo haberle dado a esto la característica fuerza de lo precedente. 
Se intuía que le gustaba tenerme bajo su techo, de no ser así no se habría opuesto a mi desalojamiento. Tal vez le daba lástima. Pero no creo. Debía haberme dejado toda la casa, entonces sí que me habría sentido bien, los demás también, los habría convencido diciéndoles: Quédense, quédense, por favor, ésta es su casa. Sí, mi pobre padre lo logró, si es que su intención era realmente seguir protegiéndome desde la tumba. En relación con el dinero, en justicia debo admitir que me lo dieron de inmediato, al día siguiente de la inhumación. 

Tal vez se sintieron legalmente obligados a ello. Yo les dije Quédense con el dinero y déjenme seguir viviendo aquí, en mi recámara, como en vida de papá. Y añadí Dios lo tenga en su gloria, todo esto esperando que se conmovieran. Pero se negaron. Les ofrecí ponerme a su disposición unas horas todos los días para realizar los trabajitos de mantenimiento que toda casa requiere pues, si no, se viene abajo. Resanar aún es posible, no sé por qué. Les propuse en particular encargarme del invernadero. Allí me habría encantado quedarme las horas, en medio de ese calor, haciéndome cargo de los tomates, los jacintos, los claveles y los distintos retoños. Sólo mi padre y yo, en aquella casa, entendíamos de tomates. Pero se negaron. Un buen día, al regresar del baño, encontré mi cuarto cerrado con llave y mis pertenencias amontonadas frente a la puerta. Esto podrá darles una idea de lo estreñido que estaba durante esta coyuntura. Ahora estoy totalmente convencido de que se trataba de un estreñimiento ansioso. Pero, ¿me encontraba realmente estreñido? De alguna manera creo que no suavemente, suavemente. Y aun así debo haber estado mal, pues de qué otro modo se pueden explicar esas largas y crueles sesiones en el lugar al que todo el mundo va. 

Por entonces nunca leía, no más que en otros momentos, nunca me instalaba en la ensoñación o en la meditación, sólo miraba fijamente el almanaque que colgaba de un clavo ante mis ojos, con su portada de un jovencito de barba recién salida con su rebaño, Jesús sin duda; tenía las manos en las mejillas y me dieron náuseas, ay, ay, ay, ay, hacía los mismos movimientos de alguien que se aferra al remo y tenía un solo pensamiento en la cabeza, ir a mi cuarto de nuevo y acostarme boca arriba. ¿Qué pudo haber sido aquello más que estreñimiento? ¿O lo estaré confundiendo con la diarrea? Estoy hecho bolas, entre lápidas y bodas y las distintas variedades del movimiento. Con mis escasas pertenencias habían hecho un montoncito en el suelo, frente a la puerta. Parece que estoy viendo el montoncito en el pequeño descanso muy sombreado entre las escaleras y mi cuarto. 

Fue en este angosto sitio, limitado sólo por tres paredes, donde tuve que cambiarme, quiero decir quitarme la ropa de dormir y ponerme la ropa de viaje, o sea, zapatos, calcetines, pantalones, camisa, saco, abrigo y sombrero, no puedo pensar más que en eso. Intenté abrir otras puertas, le daba vuelta a la chapa y empujaba o jalaba antes de irme de la casa, pero ninguna cedió. Creo que de haber encontrado una abierta me habría atrincherado en el cuarto, me habrían tenido que anestesiar para sacarme. Sentía la casa llena como de costumbre, con la gente de todos los días, pero no veía a nadie. Me los imaginé a cada uno en su cuarto, con las luces apagadas, absolutamente alertas. Luego, la carrera hacia la ventana, todos se detienen un poco antes de llegar, quedan cubiertos por la cortina, esto, ante el sonido de la puerta principal cerrándose tras de mí, debí dejarla abierta. Luego las puertas se abren y salen todos, hombres, mujeres y niños, y las voces, los suspiros, las sonrisas, las manos, las llaves en las manos, el bendito alivio, las precauciones ensayadas, si esto pues aquello, pero si aquello entonces esto, todo paz y felicidad en los corazones, vengan a comer, dejemos la fumigación para más tarde. Desde luego que todo esto me lo imagino, yo ya me había ido, todo pudo suceder de otra manera, pero a quién le importa cómo ocurren las cosas siempre y cuando ocurran. Todos esos labios que me habían besado, esos corazones que me habían querido (es con el corazón que uno quiere, ¿no es así? o, ¿acaso lo estoy confundiendo todo?), esas manos que habían jugado con las mías y esas mentes que ¡casi se apropiaron de la mía! Los seres humanos son verdaderamente extraños. Pobre papá, se le habría hecho un nudo en la garganta si me hubiera visto aquel día, si nos hubiera visto, a menos que en su gran sabiduría desprendida de lo humano, hubiera visto más allá de su hijo cuyo cadáver todavía no estaba listo para cavar la fosa.

Pero, pasando a cuestiones menos melancólicas, el nombre de la mujer con la que pronto contraería matrimonio era Lulú. Así pues, ella al menos me dio seguridad y no puedo imaginarme qué interés podía haber tenido en mentirme al respecto. Bueno, por supuesto que uno nunca sabe: Hasta me reveló su apellido, pero ya se me olvidó. Debí apuntarlo en un papel, me choca olvidar los nombres propios. La conocí en una banca a la orilla del canal, de uno de los canales ya que en nuestro pueblo hay dos, aunque nunca llegué a saber cuál era cuál. Era una banca bien ubicada detrás de la cual había un montículo de tierra sólida y basura que ocultaba mi espalda. Mis costados sólo se veían parcialmente gracias a dos venerables árboles, más que venerables, muertos, que estaban a cada lado de la banca. Sin lugar a dudas fueron estos árboles los que un buen día, en el esplendor de su follaje, crearon la idea de una banca en la imaginación de alguien. Al frente, a unas cuantas yardas de distancia, fluía el canal, si es que los canales fluyen, no me lo pregunten, así que desde esa parte también, el riesgo de una sorpresa era mínimo. Y aun así, ella me sorprendió. Yo estaba echado ahí, qué noche tan agradable, mirando por entre las ramas desnudas que se entrelazaban allá arriba, donde los árboles se unen unos con otros buscando apoyo, y por entre las nubes que pasaban en un boquete de cielo estrellado, iban y venían. Hazte para allá, dijo. Primero pensé en irme pero, como estaba fatigado y no tenía a dónde ir, me quedé. Entonces encogí un poco las piernas y ella se sentó. 

Nada más pasó entre nosotros aquella tarde y al rato ella decidió irse sin decir una palabra más. Todo lo que hizo fue tararear desarticuladamente, sotto voce, como para sus adentros y afortunadamente sin la letra, algunas canciones populares, brincando de una a la otra sin terminar ninguna, de tal modo que hasta a mí me pareció extraño. Su voz, aunque desentonada, no era desagradable. Tenía el aliento de un alma demasiado fastidiada para concluir algo, era tal vez la voz menos adolorida del mundo. La banca pronto se convirtió en algo más de lo que ella podía soportar y en cuanto a mí, echarme un vistazo había sido más que suficiente para ella. Sin embargo, en realidad era una mujer muy tenaz. Regresó al día siguiente y al siguiente y todo fue más o menos como la primera vez. Quizá se intercambiaron algunas palabras. Al día siguiente estuvo lloviendo y yo me sentía muy seguro. Mal hecho. Le pregunté si estaba decidida a molestarme tarde con tarde. ¿Te molesto?, preguntó. Sentí sus ojos encima de mí. No podía haber visto gran cosa, dos párpados a lo sumo, con un indicio de nariz y ceja, ensombrecido, pues era de noche. Pensé que nos llevábamos bien, dijo. Me molestas, dije yo, no puedo estirarme si te pones allí. El cuello del abrigo me cubría la boca pero de todos modos me escuchó. ¿Tienes que estirarte a fuerza?, dijo. No hay error más craso que hablar con la gente. Pues pon los pies sobre mis rodillas, dijo. No esperé a que me lo dijera dos veces y pronto, bajo mis flacas corvas, sentí sus gordos muslos. Comenzó a sobarme los tobillos. Pensé en patearle el coño. Uno habla con la gente de que desea estirarse y luego luego ven un cuerpo completito. Lo que importaba en mi reino despoblado, en el cual la disposición de mi cadáver era el más simple y fútil de los accidentes, era la negligencia de la mente, el aburrimiento del ser, ese residuo de frivolidad execrable conocido como el no ser y, hasta el mundo, en una palabra. Pero un hombre de veinticinco años siempre está a merced de una erección, es algo físico de cuando en cuando, es la herencia común, ni siquiera yo era inmune, si es que eso puede llamarse una erección. 

No pude escapar de ella naturalmente, las mujeres huelen un falo rígido a diez millas de distancia y se preguntan ¿Cómo demonios pudo él distinguir mi presencia desde tan lejos? Uno ya no es uno mismo en ocasiones así y es doloroso no ser uno mismo, aún más doloroso que cuando uno lo es. Pues cuando uno es, uno sabe qué hacer para ser menos eso, mientras que cuando uno no es, uno es como cualquier viejo, no tiene remedio. Lo que recibe el nombre de amor es un destierro con una que otra tarjeta postal desde la tierra natal, esa es mi respetable opinión, hoy en la tarde. Cuando ella hubo terminado y mi ser pudo recuperarse, mi querido amigo, el inmitigable, con ayuda de un breve torpor, se quedó solo. A veces me pregunto si todo esto no es un invento, si en realidad las cosas no tomaron un rumbo bastante diferente, algún rumbo que no me quedó otra más que olvidar. Y aun así su imagen permanece asociada, para mí, con la de la banca en la tarde, de tal modo que hablar de la banca, tal como se me presentó a mí aquella tarde, equivale a hablar de ella. Eso no prueba nada, pero no hay nada que yo desee probar. Para hablar del tema de la banca durante el día, no es necesario desperdiciar palabras, no me conoció jamás, me iba en la madrugada y regresaba al atardecer. Sí, durante el día hurtaba mi comida y cosas así. Si ustedes llegaran a preguntar, como sin duda lo harán por curiosidad, qué hice con el dinero que mi padre me dejó, la respuesta sería que lo único que hice fue dejarlo en mi bolsillo. Sabía que no sería joven eternamente y que el verano no dura eternamente tampoco, ni siquiera el otoño, mi alma mezquina me lo ha dicho. Finalmente le dije basta ya. 

Me molestaba en exceso, aun con su ausencia. De hecho todavía me molesta, pero no más que entonces. Y ya no me importa que me molesten, o casi no, porque ¿qué quiere decir molestar? y ¿qué haría conmigo mismo si no se me tratara así? Sí, he cambiado de sistema, este es el bueno, por novena o décima ocasión, eso sin mencionar que no hace mucho que se corrieron las cortinas de los molestantes y los molestados, no hay que chismosear más al respecto, al respecto de todo eso, de ella y los demás, la mierda y las sublimes estancias celestes. Así que no quieres que vuelva más, dijo. Es increíble, cómo repiten lo que les acaba uno de decir, como si arriesgaran la vida dando crédito a sus oídos. Le dije que viniera en el momento equivocado. Yo no entendía a las mujeres por entonces. Lo que es más, aún no las entiendo. A los hombres menos. Tampoco a los animales. Lo que mejor entiendo, que no es mucho decir, son mis dolores. Pienso en ellos a diario, no me lleva mucho tiempo, el pensamiento es tan rápido. Sí, hay momentos, particularmente en la tarde, en que me vuelvo todo sincretismo, á laReinhold. ¡Qué equilibrio! Pero aun a mis pensamientos los entiendo mal. Seguro es porque no soy sólo dolor, eso ni hablar. He ahí el problema. A veces se aquietan, o yo, y me llenan de sorpresa y fascinación, se ven como de otro planeta. No muy seguido, pero no puedo pedir más. Ay, ¡qué vida tan de esto y lo otro! Ser sólo dolor, eso sí que facilitaría las cosas. ¡Omnidoliente! Vaya un sueño impío. 

Les contaré el sueño de todos modos, si me acuerdo, si puedo de mis extraños dolores, en detalle, haciendo distinciones entre los distintos tipos, por el bien de la claridad, los de la mente, los del corazón o emocionales, los del alma (ninguno, más bello, por cierto) y finalmente aquéllos de marco permitido, primero los interiores o latentes, después aquellos que afectan a la superficie, comenzando por el pelo y el cuero cabelludo y deslizándose metódicamente hacia abajo sin prisa, todo hacia abajo hasta los pies amantes del maíz, el cólico, la llaga, el juanete, el dedo hinchado, la uña enterrada, el arco caído, la ampolla común y corriente pies zambos, los pies de pato, los pies torcidos, los pies planos, el pie de atleta y otras curiosidades. Y dentro del mismo tema viene al caso platicarles a aquellos que tengan la gentileza de oírme, de acuerdo con el sistema cuyo interior siempre se me olvida, de aquellos instantes en que, ni drogado, ni borracho, ni en éxtasis, uno no siente nada.

 Lo que ella quería saber a continuación era lo que yo quería decir con eso de a veces, éste es el justo pago que uno recibe por abrir la bocota. ¿Una vez a la semana? ¿Una vez cada diez días? ¿Una vez a la quincena? Yo replicaba con menor frecuencia, con la mínima, hasta que ya no, si ella pudiera llegar a eso, y si no, pues aunque fuera lo menos frecuentemente posible. Y al día siguiente (lo que es más) abandoné la banca, debo confesar que menos por ella que por la banca, ya que la vista ya no satisfacía mis necesidades, por más modestas que éstas fueran, ahora que el aire se estaba volviendo más frío, y por otras razones, más valía no desperdiciarse en estupideces como ésa, así que me fui a refugiar en un establo desierto. Se erguía en la esquina de un campo con más ortigas que pasto en la superficie, y todavía más lodo que ortigas, pero cuyo subsuelo quizá poseía cualidades excepcionales. Fue en este paraíso, lleno de mierda de vaca seca y hueca y con el subsiguiente dolor en la yema del dedo, cuando por primera vez en la vida, y no dudaría un segundo en decir que la última, de no haber tenido que administrar con cuidado mi dosis de cianuro, tuve que enfrentarme a un sentimiento que gradualmente fue adoptando, ante mi sorpresa, el deleznable nombre de amor. Lo que constituye el encanto de nuestra provincia, aparte desde luego de su escasa población, y esto sin la ayuda del más mínimo de los anticonceptivos, es que todo tiene su truco, excepción hecha exclusivamente de las inmundicias que ha dejado la historia. A éstas se les busca constantemente, se les arregla y se les lleva en procesión. En cualquier lugar en que el nauseabundo tiempo haya dejado un bonito recodo, cualquiera podrá toparse con patriotas que respiran con las narices bien abiertas y las caras al rojo vivo. El Elíseo de los sin-techo. Y he aquí mi felicidad finalmente. Acuéstate, todo parece detenerse, acuéstate y quédate quieto. No veo nexo alguno entre estas dos afirmaciones. Pero aquélla existe, la he visto más de una vez sin duda. ¿Pero qué? ¿Cuál? Sí, la amaba, es el nombre que le daba y que aún le doy a lo que sentía por entonces. No tenía ninguna otra razón para seguir mi camino; nunca antes había amado, bueno, por supuesto que me habían hablado del asunto en casaen la escuela, en el burdel y en la iglesia; también había leído novelas y poemas bajo la guía de mi tutor, en seis o siete idiomas vivos y muertos, en los cuales se abundaba en el tema. Por lo tanto, tenía la posibilidad, a pesar de todo, de poner una etiqueta a los terrenos en que me movía cuando me sorprendí escribiendo el nombre de Lulú en el viejo corral o con la cara metida en el lodo bajo la luna tratando de arrancar las ortigas de raíz. Eran ortigas gigantes, algunas de hasta tres pies de altura, arrancarlas aminoraba mi dolor, y sin embargo yo nunca fui de los que cortan la hierba, al contrario, la cubría de estiércol más bien. Las flores son muy otro asunto. El amor hace surgir lo peor del hombre y sin errores. 

Pero ¿qué clase de amor era éste exactamente? ¿Amor pasional? La verdad no creo. Ese es el amor priápico, ¿no es así? ¿O es que se trata de una variedad distinta? Hay miles de tipos, ¿no es cierto? Todos igualmente deliciosos o más, ¿no? El amor platónico, por ejemplo, he ahí un tipo que se me acaba de ocurrir. Es desinteresado. ¿Acaso la amaba platónicamente? La verdad no creo. ¿Habría estampado su nombre en la mierda de vaca de haberse tratado de un amor puro y desinteresado? Y lo hice con el dedo, ¿he?, y por si fuera poco, después me lo chupé con gusto. ¡Vamos, vamos! Mis pensamientos estaban llenos de Lulú y si eso no les da una idea de lo que sentía, entonces nada lo hará. De cualquier manera, estoy hasta la coronilla del nombre Lulú, le voy a poner otro, Ana, por ejemplo; no la describe, pero qué importa. Entonces comencé a pensar en Ana, yo, que había aprendido a no pensar en nada más allá de mis dolores, y esto con rapidez, y en qué pasos dar para no morir de hambre o de frío o de vergüenza, pero por ningún motivo pensaba en los seres humanos como tales (me pregunto qué quiere decir loanterior en realidad), dijera lo que dijera o diga lo que diga en contra o a favor del tema. Pero yo siempre he hablado, y sin duda hablaré, de cosas que nunca han existido, o que sí existieron si así les place, siempre dirán que sí, pero no se estarán refiriendo a la existencia de que he hablado. Los kepis, por ejemplo, existen sin duda alguna, de hecho hay pocas probabilidades de que desaparezcan, pero personalmente yo nunca he usado un kepi. En alguna parte escribí “Me regalaron un... sombrero”. Ahora bien, lo cierto del caso es que nunca me dieron un sombrero, yo siempre he tenido mi propio sombrero, el que me regaló mi padre, y nunca he tenido un sombrero que no sea ése. Es más, hasta podría decir que me lo llevaré a la tumba. Entonces pensaba en Ana, durante ratos muy muy largos, veinte minutos, veinticinco minutos y hasta media hora todos los días. He obtenido estas cifras al sumarles otras cifras menores. 

Ese debe haber sido mi modo de amar. ¿Podremos concluir entonces que la amaba con ese amor intelectual que hizo que se me cayera la baba? La verdad no creo. Pues si mi amor hubiera sido de este tipo, ¿me habría detenido acaso a escribir el nombre de Ana en la mierda de vaca, a cincelarlo en la pátina del tiempo? ¿Urtica plenis manibus? ¿Y habría sentido sus muslos balanceándose como péndulos demoníacos bajo mi cabeza atolondrada? ¡Vamos, vamos! Para ponerle fin, para intentar ponerle fin a este “compromiso”, una tarde regresé a la banca a la hora en que ella solía ir allí a encontrarse conmigo. Ni el menor indicio de ella, esperé en vano. Ya era el mes de diciembre, quizás enero, y el frío era el propio de la estación, como todo lo que pertenece a una estación. Pero una cosa es la estación para dejar huella, otra la de los cambios de aire y cielo, y otra muy distinta la del corazón. Gracias a este pensamiento, de vuelta a el quítame estas pajas, pasé una noche excelente. Al día siguiente fui más temprano a la banca, mucho más temprano, cuando acababa de anochecer, qué noche de invierno, y aun así era demasiado tarde, pues he aquí que ella ya estaba ahí en la banca, bajo las ramas, dale y dale con el sonsonete, de espaldas al montículo, mirando el agua congelada. Antes dije que era una mujer muy tenaz. No sentí nada. ¿Con qué objeto me persigues de esta manera?, le pregunté, sin tomar asiento, balanceándome para adelante y para atrás. El frío había realzado la vereda. Ella contestó que no lo sabía. Le dije que tuviera la amabilidad de decirme, si podía, qué veía en mí. Respondió que no podía. Parecía estar calientita, con las manos envueltas en una frazada. Mientras miraba esa frazada, recuerdo que se me llenaron los ojos de lágrimas. Pero no me acuerdo de qué color era. ¡Qué barbaridad, qué mal estaba yo entonces! Siempre había podido llorar a mis anchas, sin sentirme un poco mejor por ello, hasta hace poco. 

Si tuviera que llorar en este instante, sin embargo, podría exprimirme hasta ponerme morado y ni una gota me saldría, de eso estoy seguro. ¡Qué mal estoy ahora! Las cosas me hacían llorar. Pero no sentía la menor tristeza. Cuando se me salían las lágrimas sin motivo aparente, eso quería decir que había percibido algo desconocido. Así que me pregunto si habrá sido la frazada o a lo mejor la vereda, dura como el fierro y realzada, tanto que yo sentía como un empedrado bajo los pies, o tal vez otra cosa, alguna cosa azarosamente vista bajo el umbral, típico de mi persona. En cuanto a ella, tal vez ni siquiera había puesto los ojos en ella antes. Estaba toda encogida y cubierta por la frazada, con la cabeza hundida, la frazada y las manos sobre las piernas, las piernas muy juntas y los pies lejos del suelo. Sin forma, sin edad, casi sin vida, podría haberse tratado de cualquier cosa o persona, una vieja o una niñita. Y el modo en que repetía No lo sé, No puedo, yo era el que no sabía y no podía. ¿Viniste por mí?, dije. A duras penas dijo que sí. Bueno, pues aquí estoy, dije. ¿Y yo? ¿No había yo ido por ella? Henos aquí, dije. Me senté junto a ella pero de un salto me puse de pie nuevamente como si me hubiera quemado. Quería irme lejos, saber que todo había terminado. Pero antes de partir, para no tener ni el menor asomo de una duda, le pedí que me cantara una canción. Al principio pensé que se negaría, digo, que simplemente no cantaría, pero no, un ratito después comenzó a cantar y cantó un buen rato, todo el tiempo la misma canción según yo, sin cambiar para nada de actitud. Yo no conocía esa canción, nunca antes la había escuchado y nunca más la volveré a escuchar. Tenía algo que ver con limoneros o naranjos, no me acuerdo, eso es todo lo que me viene a la cabeza, y para mí eso no es nada malo en realidad, recordarla tenía algo que ver con limoneros o naranjos, no me acuerdo, ya que de todas las demás canciones que he escuchado en la vida, y he escuchado bastantes, resultaba imposible aparentemente, físicamente imposible, como estar sordo, atravesar el mundo, aun a mi manera, sin escuchar canciones, no he retenido nada, ni una palabra, ni una nota, o tan pocas palabras, tan pocas notas que..., que qué, que nada, esta frase ya se alargó demasiado. Luego me fui caminando y conforme avanzaba comencé a escuchar que cantaba otra canción, o tal vez más estrofas de la misma, más débil el sonido y más débil mientras más lejos me hallaba, luego ya no, bien porque había terminado o porque yo ya estaba demasiado lejos para escucharla. 

Dar asilo a una duda de este tipo era algo que prefería evitar en ese entonces. Viví desde luego en duda, pero una duda de tal trivialidad, puramente somática como dicen por ahí, era mejor aclararla sin más demora, podría azotarse contra mícomo un mosquito durante semanas, y semanas. Así pues, di unos pasos para atrás y me detuve. Al principio no oí nada, luego de nuevo aquella voz, apenas la oí tan débil era. Primero no la oí y luego sí, por tanto debo haber comenzado a oírla en un punto equis, pero no, no había principio, el sonido emergía tan suavemente del silencio que se le parecía. Cuando al fin cesó la voz, me acerqué otro poquito para asegurarme de que en verdad había cesado y no que había bajado de volumen nada más. Luego, en el colmo de la desesperación y diciendo No con conocimiento de causa, no con conocimiento, al sentir que estabas junto a ella, me incliné, me di la media vuelta y me fui; para siempre, atormentado por la duda. 

Pero unas cuantas semanas después, aun más muerto que vivo que de costumbre, regresé a la banca, por cuarta o quinta vez desde que la había abandonado, casi a la misma hora, digo, casi bajo el mismo cielo, no, miento, pues el cielo es siempre el mismo y nunca el mismo, no hay palabras para describirlo, no que yo sepa, y punto. Ella no estaba ahí, y de pronto sí estaba, no sé cómo, no la vi llegar, ni la oí y eso que era todo oídos y ojos. Digamos que estaba lloviendo, no había cambios reales, sólo en cuanto al clima. Ella tenía abierto el paraguas, naturalmente, vaya un atuendo. Le pregunté si venía todas las tardes. No, dijo, un día sí y un día no, a veces. La banca estaba empapada, caminamos de allá para acá, sin atrevernos a tomar asiento. La tomé del brazo, por simple curiosidad, para ver si sentía algún placer, pero no, así que la solté. Pero, ¿a qué vienen tantos detalles? Para ahuyentar la hora malhadada. Vi su rostro con algo más de claridad, me pareció normal, un rostro como tantos otros. Era bizca, pero eso no lo supe sino hasta después. Aquel rostro no parecía ni joven ni viejo, estaba como varado entre lo primaveral y lo marchito. Encontraba difícil sobrellevar tal ambigüedad en ese entonces. Ahora, que si era hermoso aquel rostro, o si había sido hermoso alguna vez, o si podría llegar a serlo, he de confesar que no podía formarme una opinión al respecto. Había visto rostros en fotografías y los habría considerado hermosos de haber tenido una remota idea de aquello en lo que supuestamente consistía la belleza. Y el rostro de mi padre, en su caja mortuoria, daba ciertos indicios de alguna forma estética relevante para el hombre. Pero el rostro de un muerto, todo gesto y rubor, ¿acaso puede describirse como objeto? Yo admiraba, a pesar de la oscuridad, a pesar de mi aturdimiento, el modo quieto o escasamente fluyente en que el agua alcanzaba, como sedienta, a aquella otra agua que caía del cielo. Me preguntó si quería que cantara algo. Le contesté que no, que quería que dijera algo. Pensé que diría que no tenía nada que decir, habría sido típico de ella, así que quedé agradablemente sorprendido cuando me dijo que tenía un cuarto, muy agradablemente sorprendido, aunque me lo sospechaba. ¿Quién no tiene un cuarto? Ay, escucho el clamor. Tengo dos cuartos, dijo. Bueno por fin ¿cuántos cuartos tienes?, dije. Me dijo que tenía dos cuartos y una cocina. Los elementos se iban expandiendo rítmicamente, así que a su debido tiempo recordaría el baño. ¿Escuché bien o dijiste que tenías dos cuartos?, dije. Sí, me contestó. ¿Adyacentes?, dije. Por fin, una conversación cual debe de ser. La cocina está en medio, dijo. Le pregunté por qué no me lo había contado antes. Debo haber estado fuera de mí en ese momento. No me sentía tranquilo cuando estaba con ella, pero al menos con la libertad de pensar en algo que no fuera ella, en las viejas cosas cotidianas, y así poco a poco, como descendiendo las escaleras hacia lo profundo de nada, comencé a tener la certeza que, lejos de ella, perdería la libertad.



En efecto, había dos cuartos y la cocina estaba en medio, no me había engañado. Dijo que debía haber llevado mis cosas. Le expliqué que no tenía cosas. Los cuartos estaban en el último piso de una casa vieja con vista a las montañas, para los interesados. Encendió una lámpara de aceite. ¿No tienes electri-cidad?, le pregunté. No, contestó, pero tengo agua y gas. Ja, dije, conque tienes gas. Comenzó a desves-tirse. Cuando en el colmo de su perspicacia se desviste, sin duda llevan a cabo el más sabio de los hechizos. Se quitó todo con una lentitud tal que inflamaría a un elefante, todo menos las medias, calculadas tal vez para hacer que mi concupiscencia hirviera. Fue entonces cuando noté que era bizca. Por fortuna, no era la primera mujer desnuda que se cruzaba en mi camino, así que podía quedarme, sabía que ella no explotaría. Le pregunté si podía ver el otro cuarto, el que no había visto todavía. De haberlo visto ya, habría pedido volver a verlo. ¿No te vas a desvestir?, dijo. Ah, eso, bueno es que casi nunca me desvisto. Era cierto, nunca fui de los que se desvisten indiscriminadamente. Con frecuencia me quitaba las botas antes de irme a la cama, digo, cuando me disponía (¡disponía!) a dormir, eso sin mencionar esta o aquella prenda de acuerdo con la temperatura exterior. Por lo tanto, ella se vio obligada, por simplesavoir faire, a echarse encima un chal y a mostrarme el camino. Pasamos por la cocina. Podríamos haber ido por el pasillo, tal como se me ocurrió después, pero fuimos por la cocina, no sé por qué, tal vez porque era el camino más corto. Estudié el cuarto con horror. Tal densidad en los muebles vence a la imaginación. 

No cabe duda, debo haber visto ese cuarto en alguna parte. ¿Qué es esto?, grite. La sala, contestó. ¡La sala! Comencé entonces a sacar los muebles por la puerta hacia el pasillo. Ella observaba, con tristeza supongo, pero no necesariamente. Me preguntó qué estaba haciendo. No podía haber esperado una respuesta. Saqué los muebles uno por uno, hasta de dos en dos, y los amontoné en el pasillo, pegados a la pared. Eran cientos de cosas, grandes y pequeñas, al final bloquearon la entrada imposibilitando la salida así como a fortiori la entrada hacia y rumbo al pasillo. La puerta podía abrirse y cerrarse ya que abría para adentro, pero no se podía pasar a través dé ella. Qué raro todo. Al menos quítate el sombrero, me dijo. Trataré el tema del sombrero más adelante quizá. Finalmente el cuarto quedó vacío salvo por un sofá y algunos tramos pegados a la pared. Llevé el primero al fondo del cuarto, cerca de la puerta y al día siguiente quité los segundos y los puse en el pasillo con lo demás. Cuando los estaba quitando, qué curioso recuerdo, escuché la palabra fibroma o broma, no sé cuál, nunca lo supe, nunca supe lo que quería decir y nunca tuve la curiosidad para averiguarlo. ¡Las cosas que uno recuerda! ¡Y las que memoriza! Cuando todo estuvo en orden al fin, me dejé caer en el sofá. Ella no había movido un dedo para ayudarme. Voy por las sábanas y las cobijas, dijo. Pero yo no soportaba las sábanas. ¿Podrías correr la cortina?, le dije. La ventana estaba congelada. El efecto no era blanco porque era de noche, pero sí luminoso al menos. Aquel débil frío del resplandor, aunque yo estaba acostado con los pies en dirección a la puerta, era demasiado, de plano. De pronto me levanté y moví el sofá, es decir, le di la vuelta, de modo que el respaldo, que antes estaba pegado a la pared, quedara afuera y consecuentemente lo demás, el asiento propiamente, quedara adentro. Después me volví a echar en él como un perro en su canasta. Te dejo la lámpara, me dijo, pero le supliqué que se la llevara. Bueno, supón que necesitas algo a media noche, dijo. Claro, iba a comenzar con sus argucias de nuevo. ¿Sabes el por qué de la conveniencia?, me dijo. Tenía razón, me olvidaba, orinarse en la cama es relajante y placentero al principio, pero luego se vuelve una fuente de incomodidad. Dame una bacinica, le dije. Pero no tenía. Tengo un banquito hueco para guardar hielos, dijo. Vi claramente a la abuela sentada muy derecha y muy tiesa cuando lo acababa de adquirir, perdón, de conseguir en un bazar de caridad o cuando se lo acababa de ganar en una rifa, era una pieza de colección que ahora estaba estrenando y que deseaba lucir a como diera lugar. De eso se trata, de demorarse en las cosas. Cualquier viejo recipiente, dije, no tengo flujo. Al poco rato regresó con una especie de sartén, no una sartén en serio porque no tenía mango, era ovalada y tenía tapa y dos asas. Mi sartén consentida, dijo. Para qué quiero la tapa, dije. Ah, ¿no la necesitas?, contestó. Si hubiera dicho que necesitaba la tapa, ella habría dicho ¿necesitas la tapa? Metí este utensilio debajo de las cobijas, me gusta tener algo en la mano cuando duermo, me da seguridad, y mi sombrero todavía estaba empapado. Me puse de cara a la pared. Cogió la lámpara de encima del mantel donde la había puesto, de eso se trataba, cada detalle, proyectaba su ondulante sombra sobre mí, pensé que se había ido pero no, vino hacia mí agachada por el respaldo del sofá. Son herencia de la familia, dijo. Yo en su lugar habría salido de puntitas, pero ella no lo hizo así, ni el menor intento. 

Mi amor se estaba apagando ya, eso era lo único que importaba. Sí, ya me sentía mejor, sabía que pronto me levantaría y volvería a los lentos descensos, los largos hundimientos que me habían estado vedados durante tanto tiempo por su culpa. ¡Y eso que me acababa de instalar ahí! Ahora intenta sacarme de aquí, le dije. Yo parecía no captar el significado de estas palabras, ni siquiera oía el breve sonido que producían hasta unos segundos después de pronunciarlas. Estaba tan poco acostumbrado a hablar que a veces mi boca se abría sola y llenaba de vacío alguna frase o varias, gramaticalmente correctas pero totalmente vacías si no de significado, ya que ante una inspección cuidadosa lo revelarían a uno, sí de fundamento. Pero yo no podía escuchar la palabra hablada. Mi voz nunca había tardado tanto en alcanzarme como en esta ocasión. Me puse boca arriba para ver qué estaba pasando. Ella sonreía. Al rato se fue y se llevó la lámpara. Oí sus pasos en la cocina y luego oí que la puerta de su cuarto se cerraba detrás de ella. ¿Por qué detrás de ella? Al fin me encontraba solo, en la oscuridad al fin. Bueno, basta ya de esto. Pensé que estaba listo para pasar una buena noche, a pesar del ambiente tan enrarecido, pero no, pasé una noche muy agitada. Me desperté a la mañana siguiente con la ropa desarre-glada y la cobija también, y con Ana a mi lado, des-nuda naturalmente. Me pongo a temblar sólo de pensar en sus jadeos. Aún tenía la sartén en la mano. De nada había servido. Miré mi miembro. ¡Sí sólo hubiera podido hablar! Basta ya. Fue una noche de amor.

Gradualmente me fui quedando en esa casa. Ella me traía de comer a las horas previamente establecidas; se asomaba de vez en cuando para ver si yo estaba bien y para asegurarse de que no necesitaba nada, vaciaba la sartén una vez al día y hacía la limpieza del cuarto una vez al mes. No siempre podía resistir la tentación de hablar conmigo, pero en general no daba motivo de queja. A veces la oía cantar en su cuarto, la canción atravesaba la puerta, luego la cocina, luego mi puerta, y así me ganaba débil pero indisputablemente. A menos que viajara por el pasillo. Esto no me incomodaba gran cosa, digo, el sonido ocasional de una canción. Un día le pedí que me trajera un jacinto vivo, en un frasco. Lo trajo y lo puso en el mantel que ya era el único lugar —aparte del suelo— donde se podía poner algo. No le quité los ojos de encima un sólo día a aquella flor. Al principio todo iba muy bien, hasta dio una o dos flores, luego dejó de dar y seconvirtió en un tallo desnudo con hojas desnudas. Su protu-berancia, medio sacando la cabeza en busca de oxígeno, olía a podrido. Ella se lo quería llevar, pero le dije que lo dejara. Quería conseguirme otro, pero le dije que no quería otro. Me molestaban mucho más otros sonidos, risitas tiesas y gruñidos que llenaban la habitación a ciertas horas de la noche y a veces hasta del día. Ya había renunciado a pensar en ella, casi totalmente, pero de todos modos seguía; necesitando el silencio para vivir mi vida. En vano intenté prestar oídos a los razonamientos que dicen que el aire se hizo para acoger los clamores del mundo, incluso las muchas risitas y gruñidos, fue inútil, no pude encontrar alivio. No había manera de averiguar si siempre se trataba de la misma gente o de otros. Los gruñidos de todos los amantes se parecen tanto, hasta en las risitas. Sentía un horror tal entonces por estas mezquinas perplejidades, que siempre cometía el mismo error, es decir, tratar de aclararlas. Me llevó mucho tiempo, digamos que la vida entera, darme cuenta de que el color de un ojo visto a medias, o el origen de un cierto sonido distante, tienen más que ver con Guidecca en el infierno de la ignorancia que con la existencia de Dios, los orígenes del protoplasma, la existencia del ser, y son aún menos dignos que todo esto de preocupar a los sabios. Una vida no alcanza para llegar a esta consoladora conclusión, no le queda a uno tiempo para gozar de sus resultados. Así que fue un gran alivio cuando, después de plantearle a ella esta cuestión, se me dijo que se trataba de unos clientes a los que recibía en rotación. Obviamente podía haberme levantado e ido a espiar por el ojo de la cerradura. Pero, ¿qué puede uno ver, pregunto, a través de ojos como esos? Así que vives de la prostitución, le dije. Vivimos de la prostitución, dijo ella. ¿No podrías pedirles que no hicieran tanto ruido?, dije, como si le estuviera creyendo. Y añadí, o al menos diles que hagan otros ruidos. No pueden más que pujar y jadear, dijo. Pues me tendré que ir, dije. Encontró unos viejos cuadros en el baúl de la familia y colgó uno en mi puerta y otro en la suya. Le pregunté si sería posible, de vez en cuando, que me consiguiera un apio. ¡Un apio!, dijo, como si le hubiera pedido algo nunca visto. Le recordé que la temporada de apio estaba terminando y le dije que le agradecería que me diera de comer, al menos hasta el fin de la temporada, exclusivamente apio. Me gusta el apio porque sabe a violeta y la violeta porque huele a apio. De no haber apio en al tierra, las violetas me importarían un comino y de no haber violetas, me daría igual comer apio, nabo o rábano. Y aun en el actual estado de su flora, digo, en este planeta donde los apios y las violetas luchan por la convivencia, toda podría vivir sin ambos con toda tranquilidad, de veras, con tranquilidad. Un día ella tuvo la imprudencia de anunciarme que estaba encinta y que tenía ya cuatro o cinco meses así, y que yo era el culpable, ¡habráse visto! Me permitió ver su barriga de lado. Incluso se desvistió, sin duda para que yo no pensara que se había metido una almohada bajo el vestido, bueno, y también por el puro placer de desvestirse. Tal vez es puro aire, le dije, en tono de consuelo. Se me quedó mirando con sus grandes ojos cuyo color ya no recuerdo, con su gran ojo más bien, ya que el otro parecía riveteado por los restos del jacinto. Mientras más desvestida estaba, más bizca. Mira, me dijo, dejando colgar sus senos, el jacinto se está oscure-ciendo. Traté de recuperar las pocas fuerzas que me quedaban y dije, Aborta, aborta, y te juro que florecerá de nuevo. Ella había abierto las cortinas para que sus redondeces pudieran verse con claridad, y vi la montaña, impasible, cavernosa, secreta, donde de la noche a la mañana no se oía más que el silencio, los chorlitos, el tintineo del distante metal de los martillos de los picapedreros. Yo salía en la mañana con rumbo a los brezales, todo calor y esencia, para contemplar en la noche las distantes luces de la ciudad si se me antojaba y las demás luces, las de los barcos y de los faros, cuyo nombre mi padre me había enseñado, cuando era chico, y cuyo nombre podía hallar en mi memoria cuando se me antojaba, con toda seguridad. A partir de aquel día, las cosas fueron de mal en peor, de mal en peor. Y no porque ella me rechazara, nunca su rechazo me habría satisfecho, sino por la manera en que insistía con eso de nuestrohijo, exhibiendo su barriga y senos y diciendo que nacería ya de un momento al otro, que sentía que ya estaba pateando. Si está pateando, le decía yo, pues no es mío. Yo podía haber estado mucho peor en esa casa, eso júrenlo, ciertamente no era lo que se dice mi ideal, pero tampoco iba a negar sus ventajas. Pensé irme pero lo dudé mucho, las hojas habían comenzado a caer y me disgustaba el invierno. Uno no debería odiar el invierno, también tiene sus bondades, la nieve da calor y mata el tumulto, y sus pálidos días se van volando. Pero todavía ignoraba por entonces, cuan tierna puede resultar la tierra para aquellos que sólo la tienen a ella y cuántas tumbas ofrece para los vivos. Lo que dio al traste con todo fue el nacimiento. Me despertó. ¡Qué duras las ha de haber pasado ese niñito! Supongo que la acompaño una mujer porque me parecía oír pasos en la cocina que entraban y salían. Me dolía en el alma irme de una casa sin que me hubieran echado. Trepé por el respaldo del sofá, me puse el saco, el abrigo y el sombrero, sólo en eso puedo pensar, me puse las botas y abrí la puerta del pasillo. Un montón de porquerías me impedía la salida, pero me escabullí y pude salir de ahí ileso, sin importarme el ruido que hacía. Utilicé la palabra matrimonio, era una especie de unión, después de todo. Debe haber sido primeriza. Las precauciones habrían sido algo superfluo, nada podía compararse con aquellos gritos que me persiguieron por las escaleras hasta la entrada. Me detuve frente a la puerta principal y escuché. Todavía podía escucharlos. De no haber sabido que había gritos en la casa, no los habría escuchado. Pero como lo sabía, presté oídos. No estaba muy seguro de dónde me encontraba. Entre las estrellas y las constelaciones busqué a las Osas, pero no las vi. Y sin embargo, seguro estaban ahí. Mi padre fue el primero en mostrármelas. Me mostró muchas otras también, pero solo, sin él a mi lado, solamente podía encontrar a las Osas. Comencé a jugar con los gritos, como jugaba con las canciones, de aquí para allá, de aquí para allá, si a eso se le puede llamar un juego. Siempre que estuviera caminando no los escuchaba, debido a los pasos. Pero eso sí, si me detenía los volvía a escuchar, cada vez menos he de admitirlo, pero qué importa, menos o más, un grito es un grito y lo único que importa es que cese. Por años pensé que cesarían los gritos. Ahora ya perdí las esperanzas. 

Podría haberme conseguido amantes tal vez, pero así es la cosa, uno ama o no ama y punto.