miércoles, 8 de agosto de 2012

LA INSENSATEZ DE LA DOCTRINA

De la doctrina a la insensatez hay una delgada línea. Ésta se presenta cuando el concepto, puro por demás, se vuelve y se transgrede en campos excluyentes e incluyentes, es decir, por un lado están los predicadores de géneros, propuestas y movimientos y, por el otro, están los detractores de las mismas. Es por ello que, aunque sea algo difícil de llevar a cabo, lo mejor es no encasillarse, no crear identidades, pues todas éstas se convierten casi en una religión o una doctrina casi divina que, más que abrir los ojos, se encarga de cegar al individuo y hacerlo uno más de la manada de corderos tras un mismo fin.


Sí, quizá sea arbitrario afirmar tal cosa, pero ¿qué no es arbitrario? ¿Dónde puede hablarse libremente de algo sin que eso implique netamente estar en el mismo círculo, es decir, donde el debate apunta siempre hacia el mismo lado? Pues arbitrariamente puede decirse que el debate se cierra en el momento mismo en que dos o más coinciden en una posición, pues allí habría acuerdo y éste se encargaría de dar más peso a la doctrina; es por esto último que existe la empatía entre amigos, siempre manadas reducidas, en las cuales cuando alguno está en contra o diverge con la mayoría empieza a ser excluido, aunque esto no es algo genérico o, quizá, la mayoría lo negará, pero si son sensatos como todo lo que se encargan de profesar, se darán cuenta que es así.


La delgada línea toma fuerza cuando el argumento se vuelve repetitivo, o siempre el mismo sustento, algo así como desayunar todos los días con cereal, algo aburrido. Cuando pierde valor y, lo más relevante, cuando se vuelve tan excluyente, discriminatorio e insolente, esto es, cuando la intención no se vuelve más que estar dejando al que diverge por el piso. La cuestión es simple, está desde el mismo personaje que hace un comentario en un blog o página sobre ciertos temas y su argumento o justificación no es más que insultos o alusiones a las personas que escriben el artículo, como “imbéciles” o “gomelitos” o “mentes vacías”; estos que critican de esa manera deberían darse cuenta que esos términos que utilizan se encasillan más en lo que hacen, como escorias de la red, y por eso su insensatez es tal que simplemente lo hacen por “joderle” la vida a alguien que se expresa argumentadamente y con una buena intención, ese sería un vivo ejemplo.


También, y este texto no se trata de señalar ni de convertirse en un “contra la pared” de todas las cosas, se presenta tal insensatez en el arte, en el encasillamiento, en la reducción a una sola cosa, es decir, que porque a éste o a aquel le guste la poesía romántica –diferente a la de amor- entonces a mí o a ti no te debe gustar o tiene que gustarme; o porque a este grupo “X” le guste la literatura inglesa del siglo XVIII y XIX entonces a este grupo, por solamente llevar la contraria, le guste la poesía francesa del siglo XVIII y XIX, cosas totalmente diferentes; entonces, y siendo más reduccionistas acá también, todo movimiento empezó por un gusto individual que, por el devenir de la vida y el paso del tiempo, se convirtió en algo colectivo, un espacio en el cual la coincidencia y el libre juego del azar se encargó de unir y crear un concepto alrededor de… pero, y ahí está el detalle oscuro del asunto, cuando esas apreciaciones se volvieron radicalismo extremo, cosa que se ve más en la música, pero de lo cual ya se ha escrito demasiado, y, por ello, a pesar de que la mayoría habla de una inclusión y un pluralismo, se encerraron tanto que su gran definición conceptual y ‘final’ se fue esfumando poco a poco para convertirse en movimiento autocráticos, violentos, con fines políticos (aunque a esos son los que se ha llamado intelectuales); otro punto relevante en este aspecto, se presenta cuando hay tanta subdivisión de todo, pues, si bien existen los géneros o la base de algo, siempre ésta genera más división y entra en juego la ramificación, la constante creación de conceptos, que no es más que la manifestación de que no hay una verdad absoluta sino muchas verdades, cada uno con su verdad, por esa razón no puede reducirse todo a una sola cosa ni una sola cosa a Todo, ya que, se caería en el mismo devenir doctrina que ha instaurado el mundo con el paso del tiempo.


La música son cantos de guerra, la poesía cantos de guerra, la literatura cantos de guerra, la vida es una guerra, nosotros somos los guerreros, pero malos guerreros [y olvidemos concepciones moralistas del asunto]. Guerreros que simplemente están en busca de refugio, que tratan de crear una identidad a partir de algo –craso error- y por ello tomarla como la verdad de la vida nuestra. Como si no se pudiera escuchar rock, indie, noise, punk, neopunk, metal, hard rock, postpunk, etc., al mismo tiempo y sentir atracción por ellos sin encasillarse netamente en uno, ni elevar cualquiera de ellos a lo máximo, pero tampoco reducir alguno a lo peor. Es así como la doctrina se encarga de ser más destructiva que constructiva pues, aunque no se trata esto de generar un único juicio, cuando las cosas se reducen a una sola forma el asombro y la experimentación pierden su encanto y se vuelven casi como un santo que está en una iglesia –un cd, cassette o archivo digital- o una academia que se encarga de enseñar solo un tipo de cosas –las facultades, grupo de amigos o tribus urbanas- así, y sin ser tan despectivo, tanta rama solo hace que el árbol sea más frondoso, más difícil de descifrar y de reducir a una sola cosa; es por ello que la doctrina hace al hombre insensato, somos insensatos, este escrito es una insensatez.


escrito originalmente en tendenciagarage.com

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