miércoles, 30 de octubre de 2013

AL CLARO FICTICIO DE ESTOS ESPEJOS - LUDOVIC JANVIER

Al Claro Ficticio de Estos Espejos[1]
Ludovic Janvier (Francia) 

A continuación Kaosmot's les presenta este relato del autor francés L. Janvier. En éste se nota cierto aire de erotismo, romanticismo y simbolismo. Así como un juego con el lenguaje bastante particular y muy utilizado por los poetas del siglo XX. Un lenguaje no-lenguaje articulado. 
Una sensación de perplejidad es lo que deja este texto que, sin más preámbulo, les presentamos y esperamos sean capaces de digerir con facilidad, de no ser así, mucho mejor, pues queda clara la intención del autor: dar libertad de coacción, unión e interpretación al lector; aquí está, aquí lo tienen:

***

    La historia de hoy será: yo de pie él me mira fijamente aplastado en el suelo frío el aparejo a la mano primero luego el ojo derecho no el izquierdo disimulado detrás el otro es absorbido por el parpado plegado luego los dos ojos desaparecidos ahora se arrastra al avanzar hacia mí para tocarme luego recula piernas separadas ayudándose de las rodillas veo el pantalón que vuelve a subir a lo lejos de las pantorrillas redirecciona un poco la cabeza para apuntar mejor, tirar mejor voy a tener frío colado de viento fresco entre marco y larguero de la ventana mal juntos veo nubes por el cielo, invento formas vientre manos        sus manos en las largas venas cierran  los ojos calientes en ustedes [2] abren los ojos ellas están ahí        manos nariz pelusas se estiran en el azul mírame dice él yo giro la cabeza de un golpe oculta aparejo y celda el rostro crispado está al descubierto cae la cabeza en sus manos en las largas venas no he querido estar distraído pero no es eso para mí que tiene de eso es eso en él mismo busca qué yo no él tamborilea con los dos puños en la piel de cabra hace falta que yo circule el frío gana mis pies él ha reposado la piel de cabra bajo él hace dos o tres gruesos pliegues y los puños bajo el mentón codos en las baldosas me mira        claros ojos los encuentro misteriosos        me mira él dice ya más ahí parte que tú eres de la misma fuga él continúa pero espera yo la tendría tu piel pálida quemada febril fresca si hace falta la devolveré la tomaré desde tan cerca que la mirada estará dentro para ver para recorrer el interior todo lo que vive debajo de eso y mantiene eso visible humores redes intercambios espesores todo lo que nutre esta epidermis y que quiero explicar comprendes no solamente el blanco ni la sombra sino soberana la densidad el alimento bajo el relieve todo lo que se acaba en el dulzor de ese relieve para  poro a poro retrazar el perfil inclinarlo por morir respira dice él él ha dicho respira que yo te siento levantar carne y piel ese viejo milagro yo respiro él se calla me mira fijamente tira me mira fijamente yo nunca podré verme como él me ve        las lámparas sobre la piel muy cerca tengo calor estoy bien estírate más dice él yo obedezco se ha sentado en la bajada de lecho ha inclinado la lámpara de la cabecera hacia mi seno izquierdo tengo más calor aún mi piel se hincha pero no no me mira dice él duerme o sueña o piensa no tus ojos volteados hacia mí ni siquiera abiertos te quiero cerrada piensa en tus venas en tus mucosas en el recorrido de tu sangre en todos los licores los humores que en este momento destilan no dice nada más he cerrado los ojos        dulzor del cielo a seis horas el rosa        he cerrado los ojos escucho algunos ruidos lejanos a algunos centímetros voy a dormirme calor de su mano no lejos de mi talla de mi vientre de mis muslos ella vuelve a subir hacia el cuello él se ha detenido de respirar debe pasear por la celda encima de mi piel un ruido de metal sobre la mesa base la habrá puesto habrá tomado el aparejo escucho el frote de la camisa contra el jersey por este calor ha guardado su jersey espero que rapte de cuando en cuando es un shetland[3] choque del aparejo es un shetland el aparejo choca aún mi piel por destellos se inscribe en la gelatina paisaje de algunos decímetros de algunos centímetros y para el ojo este será el levantamiento de la epidermis hacia la enorme dulce hinchazón del seno o su división en los dos dobladillos de los labios o su estiramiento sobre la jaula de los lados hacia la pálida playa del vientre y la crecida hacia el pubis o la división aún si es la mano hacia los dedos alargados cada uno su sombra sobre la piel plena del muslo izquierdo donde tengo tanto calor en este momento aprendo a ver dice él él me mira fijamente tira lo escucho bien no me molesta no se mueve no me muevo
levántate me levanto vístete de nuevo me visto de nuevo él gira en redondo como a la caza cabeza bajada he terminado se detiene ligera la lana del tejido de punto se tiende sobre mis senos        si quiere hacer valer su        el escote es redondo sin bostezar quita[4] quito quita aún estoy en camisa de noche ahora la transparente a través se puede ver fresas de los senos soy yo su movimiento la curva del vientre lo implano del ombligo        error sobre la persona        he debido dormirme escucho su voz dice el tul espumea encima de la espuma más sombrea el mal gusto        sí el mal gusto amenaza
     se aproxima dice espera espera esta luz recula esta luz no él recula hasta la puerta si ahí adosa levanta el brazo derecho el aparejo en la punta de la cual doblándole el cuero choca contra el ante brazo pero baja el brazo ya eso no es lo que no no eso es demasiado ligero demasiado seco dice        adiós a la suerte de encontrarse en la persecución de estos reflejos sí de estos reflejos de una diferente        eso es demasiado seco me hace falta el agua no comprendo si el agua va en tu bañera dice que vaya en mi bañera voy hacia la bañera hago vaciar el agua fría me ha seguido guarda la camisa se diría un maniaco me mojo es demasiado frío no me ha quitado su mirada sobre mí todos los pliegues cuando me vuelvo a dirigir a la caída de tul pegado contra mí chorreante he hecho lo que me ha dicho        cuál es la verdad que en el hilo de estas palabras recula
se ha separado vuelve sobre mí el aparejo en el sitio del rostro voy a salir de la bañera el aparejo choca paso por encima el borde el agua chorrea pronto en el enlosado el tul está helado contra mi piel el aparejo choca a mis pies es un charco ahora el agua se extiende hacia los muros alrededor mío el aparejo choca él me dice una mano contra ti el aparejo aún avanza avanzo sigo prendida
que dejaras escapar algo por las ranuras camina yo camino que te rompes que te olvidas de repente piensa en la rueda piensa en el caballo en tus cabellos dentro del agua en ti ligera cuando gozas va viene hasta lo que diga sentencia por ejemplo relato algo busco al caminar voy vengo busco eso yo lo he olvidado pero qué poeta ha dicho de eso
cómo fiarse de este nuevo desvío        es dicho de eso cresta y sílex y hierba sílex y hierba y creta y sílex camino me mira al caminar y sílex y polvo y creta y sílex hierba hierba y sílex y creta cuándo va a decir para sílex y creta sílex sílex y creta creta para estoy ante el hielo los muros blancos están detrás de mí me dice avanzar aún avanzo soy yo desnuda ante el alto espejo de frente luego de lado dice él de lado mi reflejo luego yo luego los dos dice el aparejo en el rostro no escucho bien serás tú él está de pie luego una pierna doblada a la derecha se recula una pierna doblada a la izquierda luego los dos luego de rodillas luego invertido atrás se vuelve a levantar se aproxima mira fijamente no abre tengo mal en los riñones tengo mal en los ojos hace demasiado claro        nada no ha vuelto        ha recargado el aparejo mis manos mira fijamente abre mis ojos semejante mis senos tus senos nombra mira fijamente tira de mi hombro mi cuello semejante tú dice él mis brazos levanta dice él infantil extenuante pero levanto mira fijamente tira de mi vientre tu vientre nombra semejante por la nuca los cabellos el ojo así tu ojo dice él ruedas fibras rodajas fibrillas me ve no puedo verle choques mi ojo ha pasado tu nuca nombra como tus cabellos        sí verse de espaldas yendo y viniendo la libertad        como caen cuando caminas tu mano        bastante        tu mano dice él
que esos vanos ornamentos que esos velos        bastante de esas imágenes bastante de esos gestos mundanos        falsa claridad donde todo se anula historia para nada


B

    Soy yo quien va a retomar frente al espejo donde ninguna otra figura se formará más que, si es posible, la mía. Evitar lo reflexivo. Podría decir fácilmente: lo que me ha puesto hacia al espejo de estas palabras (pero pienso no inventar nada y me debo añadir: lo que me pone y me retiene frente al espejo de mi entrada, una vez la puerta abierta), es la incertidumbre común, de donde lo necesito como se dice incoercible: el de constatarse, de reconstruirse, quizá de constituirse, la única certidumbre comprobándose la certidumbre de la imagen en los propios contornos por detenerse al fin en otra parte constante del pensamiento, como se comprueba también la certidumbre de estas palabras, trazadas por mi límite. No lo diré, viniendo de decirlo. Bien.  Soy yo pues quien va a retomar, al claro provisorio de otras palabras.
Así: del índice izquierdo apoyado bajo el párpado, soy yo, habiendo despegado éste de la esclerótica un instante congestionada. Mirada. El deseo de ver dibujarse en ese campo, palabras espejo, una aparición nítida de sí. Pequeño vaso estallado a izquierda del iris, el iris del reflejo, el reflejo del ojo izquierdo, azul. El párpado refleja su borde rosa rojo, sí mucoso, y sacado más por el índice que apoya, vuelve a levantar bajo la línea de flotación en la baja de la esclerótica normalmente oculta, que la pulgada del médico no tiene miedo a las uñas siempre nítidas desprende para interrogar el estado general del paciente, una red de vasos capilares de las cuales, pero el espectáculo es poco atractivo toda cuenta hecha. El párpado retoma su sitio, el índice se desata. Pero es mantenido cerca del ojo, dirigido, indicándole con la mirada que va lentamente del dedo fino y delgado, bella expresión       qué bella mano decía ella sí sobretodo la izquierda reflejada la izquierda señalada la izquierda pues la otra está un poco deformada por el ejercicio pequeño de la pelota vasca a mano desnuda con una pelota de tenis contra un muro de pensión así pues eso no es del todo la pelota vasca        es que una mano sería siempre más grande o más larga o más pesada que la otra como aquí donde domina lo mayor deformado informado por la práctica quizás inconsiderada de la escritura        que va lentamente del dedo fino y delgado luego al ojo, que va lentamente del ojo a él, de él al ojo, reposo. Sonrisa. La sonrisa ceremonial, rito de reconocimiento, de reajuste, por la complacencia de la cual hay juntura con un presentable diferente, sonrisa como luego del lavado de los dientes por ejemplo, los dientes examinados labios bien separados y la separación reduciéndose un poco hasta significar, esmalte visible aún pero tensión muscular resuelta pliegues reducidos hasta ellos solamente que, bien, hasta significar la sonrisa como, la nítida sonrisa presentada por lo helado, yo. Es el muchacho que se le conoce, lleno de salud, bella tez, la misma diferente, bello complemento de mirar, bello me para gustar. En el espejo esta superficie de mí cuya pose desanima la exploración que es esto. Las mejillas han vuelto a bajar, los labios retoman su sitio, los ojos al fondo de las órbitas azules pequeños yendo de derecha a izquierda de izquierda a derecha como si buscaran algo. Buscan algo. Al descubierto figura recubriéndose. Toda la historia. Largo rostro detallado. Su rechazo. Que sea aproximado con todas las preocupaciones dentro del espejo, y para la ceremonia de la mirada que sea preparada por los ritos de la familiaridad, enmascarada para la prueba, sí, pero que otro le ase en el curso de una expresión incontrolada, la parada en el discurso, la tuya fuera de vigilancia, no, eso es. Vuelven a subir las mejillas. Es la indulgencia del reposo. Por esta nueva luz todas las preocupaciones han sido tomadas. Uno podría escucharse decir entonces: ¡pero écheme el problema en esta organización! ¡Tiéndame esta figura hacia otro lugar! ¡Gíreme esta mirada hacia el mundo, su campo, su historia! ¡Su cara es inevitable, pero eso no es precisamente más que su cara! ¡No está hecha para ser vista por ella misma, ya que es su cara! ¡Y el hambre de los otros, la muerte de los otros, la prisión de los otros, y la cara de los otros! En efecto. De las sienes a la raíz de la nariz
     en efecto pero no hay aún respuesta        he aquí los párpados sobre los cuales el dedo humectado de saliva se pasea, luego la nariz, luego la boca. Contra esta boca de otras bocas y la piel, caliente, de las lenguas en ella su lengua dentro de otras, mucosas por estos labios y esta lengua rozados acariciados recorridos, como con otros ojos estos ojos vistos mirados mirados fijamente hasta lo que los párpados laten sobre el iris y pupila tendidos, como hacia este espejo para este espejo: vidrio palabras tantos gestos han sido inscritos tantas palabras pronunciadas. Así: desnudo, de frente, el aire asombrado. Así: la puerta en seguida cerrada, desembarcando del afuera en el campo de los reflejos, un breve vistazo a sí, ilegible. Así: desnudo, de frente, sexo en la mano, el ridículo de la situación pero en fin soy yo, pasada la excitación y remangado lo que fuera estaba fuera de estuche, sin testigo frente al espejo por sopesar o acariciar el querido escroto. Así: ojo contra ojo su doble, superficie azul yendo de la una a la otra superficie azul en lo plano del espejo con para único reposo fuera de campo o mejor difuso el blanco de los muros, el asombro de la máscara haciendo desaparecer lo asombrado en los iris próximos, alrededor de la pupila una corona de amarillo que se difunde en el azul        quizá la respuesta pase por estas palabras que no habrá más que redecir        la esclerótica es bien propia.  Luego retroceso, así: ojeras remontadas, párpados plegados por un aire escuchado, malicioso va. Ficción. Así: la mirada concentrada hacia la raíz de la nariz los ojos sin fijarlos ven los ojos su doble en lo indistinto alrededor del punto fijado        bella máscara lamentable figura        alrededor del punto ficticio fingiendo para la mirada de sí sobre sí paralizada        bastante espejo ficción sistema cerrado donde todo se anula        en otro lugar en otro lugar por el claro de otras palabras        aquí más nada no puede verse

B

    Ciertamente estoy decepcionado, y le  he decepcionado también. Mentir de más cerca. Bien escuchado, ya que la denegación de la invención siempre es la invención de la denegación. Pose sin fin. ¿Mientras que valen estos trazos?
    Así pues: el deseo de mí al cual primero he dado figura al pensar que me aproximaba, me alejaba. Imagen extraña perdiéndose en la ilusión realista de sus reflejos. Sin embargo, soy yo. No, es mío[5]. No habiéndolo creído, he creído otra cosa: arreglarme para que las palabras no me suelten más. Pero el espejo de las palabras no es más fiel para contener mi imagen y reunirla en mí (qué ingenuidad), se aparece tan extraña como la figura haciéndome frente al fondo del vidrio, inmovilizado. Sin embargo, soy yo. No, es mío. Al hilo de las palabras, creo percibirme recorriendo este trazo hoy, es como si las palabras, cuando “acercaba”, hubieran ido vaciándose de algo. Sin embargo, permanezco en ellas. Y estas palabras, ahí, que acabo de escribir, de lo que es bastante absurdo decir que se vacían o no se vacían, sucediendo a esas dos apariciones tan ficticias la una como la otra y alejándolas para ver mejor, no es ni más ni menos que ellas una tercera figura que me dibuja. Ni de más cerca ni de más lejos. De lo que he, ni más ni menos que algunos de los otros dos, de esperar mi confirmación.
     Es posiblemente en virtud de todo eso que
     Es tiempo que me detenga. Vamos (amo este imperativo, su aire falso me va bien), si tengo alguna suerte, ya está en otro lugar, quiero decir en l historia que mañana les reservo, y me cuento. Pues hoy era poca cosa, al claro ficticio de estos espejos.


[1] Este texto se encuentra en Les Cahiers du Chemin, Enero de 1969.
[2] …sur vous vous fermez les yeux… También podría traducirse: …en ustedes se cierran los ojos…
[3] Prenda tejida con lana de los carneros de las islas de Shetland, Escocia.
[4] enlève: podría traducirse por levanta, pero lo que se traduce anteriormente por levántate… es el verbo léver que, igualmente, tiene estrecha relación con el verbo enléver.
[5] Hay aquí un juego que se pierde en español, pues en francés dice: “Pourtant, c’est moi. Non, c’est de moi.” Lo que se ha traducido por: “Sin embargo, soy yo. No, es mío.” Esta particularidad de la expresión c’est moi dificulta la traducción de la segunda frase. En todo el texto, lo que ha sido traducido por “soy yo”, es en francés c’est moi.

domingo, 27 de octubre de 2013

KAOSMOT'S INFORMA

A QUIEN PUEDA INTERESAR: Kaosmot's Les informa a todos aquellos que enviaron su material para ser publicado en nuestra última convocatoria y a nuestros visitantes y lectores, que esta edición sí se llevará a cabo, pero NO en formato impreso*, sino en forma virtual y digital (si el tiempo apremia).
Gracias por seguir ahí y, a los entusiastas que querían tenerla en sus manos, nuestras más sinceras disculpas.

*Razones que son de absoluta reserva.

martes, 22 de octubre de 2013

MÍSTER TAYLOR - AUGUSTO MONTERROSO

Míster Taylor
Augusto Monterroso




-Menos rara, aunque sin duda más ejemplar -dijo entonces el otro-, es la historia de Mr. Percy Taylor, cazador de cabezas en la selva amazónica.

Se sabe que en 1937 salió de Boston, Massachusetts, en donde había pulido su espíritu hasta el extremo de no tener un centavo. En 1944 aparece por primera vez en América del Sur, en la región del Amazonas, conviviendo con los indígenas de una tribu cuyo nombre no hace falta recordar.

Por sus ojeras y su aspecto famélico pronto llegó a ser conocido allí como "el gringo pobre", y los niños de la escuela hasta lo señalaban con el dedo y le tiraban piedras cuando pasaba con su barba brillante bajo el dorado sol tropical. Pero esto no afligía la humilde condición de Mr. Taylor porque había leído en el primer tomo de las Obras Completas de William G. Knight que si no se siente envidia de los ricos la pobreza no deshonra.

En pocas semanas los naturales se acostumbraron a él y a su ropa extravagante. Además, como tenía los ojos azules y un vago acento extranjero, el Presidente y el Ministro de Relaciones Exteriores lo trataban con singular respeto, temerosos de provocar incidentes internacionales.

Tan pobre y mísero estaba, que cierto día se internó en la selva en busca de hierbas para alimentarse. Había caminado cosa de varios metros sin atreverse a volver el rostro, cuando por pura casualidad vio a través de la maleza dos ojos indígenas que lo observaban decididamente. Un largo estremecimiento recorrió la sensitiva espalda de Mr. Taylor. Pero Mr. Taylor, intrépido, arrostró el peligro y siguió su camino silbando como si nada hubiera pasado.

De un salto (que no hay para qué llamar felino) el nativo se le puso enfrente y exclamó:

-Buy head? Money, money.

A pesar de que el inglés no podía ser peor, Mr. Taylor, algo indispuesto, sacó en claro que el indígena le ofrecía en venta una cabeza de hombre, curiosamente reducida, que traía en la mano.

Es innecesario decir que Mr. Taylor no estaba en capacidad de comprarla; pero como aparentó no comprender, el indio se sintió terriblemente disminuido por no hablar bien el inglés, y se la regaló pidiéndole disculpas.

Grande fue el regocijo con que Mr. Taylor regresó a su choza. Esa noche, acostado boca arriba sobre la precaria estera de palma que le servía de lecho, interrumpido tan solo por el zumbar de las moscas acaloradas que revoloteaban en torno haciéndose obscenamente el amor, Mr. Taylor contempló con deleite durante un buen rato su curiosa adquisición. El mayor goce estético lo extraía de contar, uno por uno, los pelos de la barba y el bigote, y de ver de frente el par de ojillos entre irónicos que parecían sonreírle agradecidos por aquella deferencia.

Hombre de vasta cultura, Mr. Taylor solía entregarse a la contemplación; pero esta vez en seguida se aburrió de sus reflexiones filosóficas y dispuso obsequiar la cabeza a un tío suyo, Mr. Rolston, residente en Nueva York, quien desde la más tierna infancia había revelado una fuerte inclinación por las manifestaciones culturales de los pueblos hispanoamericanos.

Pocos días después el tío de Mr. Taylor le pidió -previa indagación sobre el estado de su importante salud- que por favor lo complaciera con cinco más. Mr. Taylor accedió gustoso al capricho de Mr. Rolston y -no se sabe de qué modo- a vuelta de correo "tenía mucho agrado en satisfacer sus deseos". Muy reconocido, Mr. Rolston le solicitó otras diez. Mr. Taylor se sintió "halagadísimo de poder servirlo". Pero cuando pasado un mes aquél le rogó el envío de veinte, Mr. Taylor, hombre rudo y barbado pero de refinada sensibilidad artística, tuvo el presentimiento de que el hermano de su madre estaba haciendo negocio con ellas.

Bueno, si lo quieren saber, así era. Con toda franqueza, Mr. Rolston se lo dio a entender en una inspirada carta cuyos términos resueltamente comerciales hicieron vibrar como nunca las cuerdas del sensible espíritu de Mr. Taylor.

De inmediato concertaron una sociedad en la que Mr. Taylor se comprometía a obtener y remitir cabezas humanas reducidas en escala industrial, en tanto que Mr. Rolston las vendería lo mejor que pudiera en su país.
Los primeros días hubo algunas molestas dificultades con ciertos tipos del lugar. Pero Mr. Taylor, que en Boston había logrado las mejores notas con un ensayo sobre Joseph Henry Silliman, se reveló como político y obtuvo de las autoridades no sólo el permiso necesario para exportar, sino, además, una concesión exclusiva por noventa y nueve años. Escaso trabajo le costó convencer al guerrero Ejecutivo y a los brujos Legislativos de que aquel paso patriótico enriquecería en corto tiempo a la comunidad, y de que luego estarían todos los sedientos aborígenes en posibilidad de beber (cada vez que hicieran una pausa en la recolección de cabezas) de beber un refresco bien frío, cuya fórmula mágica él mismo proporcionaría.

Cuando los miembros de la Cámara, después de un breve pero luminoso esfuerzo intelectual, se dieron cuenta de tales ventajas, sintieron hervir su amor a la patria y en tres días promulgaron un decreto exigiendo al pueblo que acelerara la producción de cabezas reducidas.
Contados meses más tarde, en el país de Mr. Taylor las cabezas alcanzaron aquella popularidad que todos recordamos. Al principio eran privilegio de las familias más pudientes; pero la democracia es la democracia y, nadie lo va a negar, en cuestión de semanas pudieron adquirirlas hasta los mismos maestros de escuela.

Un hogar sin su correspondiente cabeza teníase por un hogar fracasado. Pronto vinieron los coleccionistas y, con ellos, las contradicciones: poseer diecisiete cabezas llegó a ser considerado de mal gusto; pero era distinguido tener once. Se vulgarizaron tanto que los verdaderos elegantes fueron perdiendo interés y ya sólo por excepción adquirían alguna, si presentaba cualquier particularidad que la salvara de lo vulgar. Una, muy rara, con bigotes prusianos, que perteneciera en vida a un general bastante condecorado, fue obsequiada al Instituto Danfeller, el que a su vez donó, como de rayo, tres y medio millones de dólares para impulsar el desenvolvimiento de aquella manifestación cultural, tan excitante, de los pueblos hispanoamericanos.

Mientras tanto, la tribu había progresado en tal forma que ya contaba con una veredita alrededor del Palacio Legislativo. Por esa alegre veredita paseaban los domingos y el Día de la Independencia los miembros del Congreso, carraspeando, luciendo sus plumas, muy serios, riéndose, en las bicicletas que les había obsequiado la Compañía.

Pero, ¿que quieren? No todos los tiempos son buenos. Cuando menos lo esperaban se presentó la primera escasez de cabezas.

Entonces comenzó lo más alegre de la fiesta.
Las meras defunciones resultaron ya insuficientes. El Ministro de Salud Pública se sintió sincero, y una noche caliginosa, con la luz apagada, después de acariciarle un ratito el pecho como por no dejar, le confesó a su mujer que se consideraba incapaz de elevar la mortalidad a un nivel grato a los intereses de la Compañía, a lo que ella le contestó que no se preocupara, que ya vería cómo todo iba a salir bien, y que mejor se durmieran.

Para compensar esa deficiencia administrativa fue indispensable tomar medidas heroicas y se estableció la pena de muerte en forma rigurosa.

Los juristas se consultaron unos a otros y elevaron a la categoría de delito, penado con la horca o el fusilamiento, según su gravedad, hasta la falta más nimia.

Incluso las simples equivocaciones pasaron a ser hechos delictuosos. Ejemplo: si en una conversación banal, alguien, por puro descuido, decía "Hace mucho calor", y posteriormente podía comprobársele, termómetro en mano, que en realidad el calor no era para tanto, se le cobraba un pequeño impuesto y era pasado ahí mismo por las armas, correspondiendo la cabeza a la Compañía y, justo es decirlo, el tronco y las extremidades a los dolientes.

La legislación sobre las enfermedades ganó inmediata resonancia y fue muy comentada por el Cuerpo Diplomático y por las Cancillerías de potencias amigas.

De acuerdo con esa memorable legislación, a los enfermos graves se les concedían veinticuatro horas para poner en orden sus papeles y morirse; pero si en este tiempo tenían suerte y lograban contagiar a la familia, obtenían tantos plazos de un mes como parientes fueran contaminados. Las víctimas de enfermedades leves y los simplemente indispuestos merecían el desprecio de la patria y, en la calle, cualquiera podía escupirle el rostro. Por primera vez en la historia fue reconocida la importancia de los médicos (hubo varios candidatos al premio Nóbel) que no curaban a nadie. Fallecer se convirtió en ejemplo del más exaltado patriotismo, no sólo en el orden nacional, sino en el más glorioso, en el continental.

Con el empuje que alcanzaron otras industrias subsidiarias (la de ataúdes, en primer término, que floreció con la asistencia técnica de la Compañía) el país entró, como se dice, en un periodo de gran auge económico. Este impulso fue particularmente comprobable en una nueva veredita florida, por la que paseaban, envueltas en la melancolía de las doradas tardes de otoño, las señoras de los diputados, cuyas lindas cabecitas decían que sí, que sí, que todo estaba bien, cuando algún periodista solícito, desde el otro lado, las saludaba sonriente sacándose el sombrero.

Al margen recordaré que uno de estos periodistas, quien en cierta ocasión emitió un lluvioso estornudo que no pudo justificar, fue acusado de extremista y llevado al paredón de fusilamiento. Sólo después de su abnegado fin los académicos de la lengua reconocieron que ese periodista era una de las más grandes cabezas del país; pero una vez reducida quedó tan bien que ni siquiera se notaba la diferencia.

¿Y Mr. Taylor? Para ese tiempo ya había sido designado consejero particular del Presidente Constitucional. Ahora, y como ejemplo de lo que puede el esfuerzo individual, contaba los miles por miles; mas esto no le quitaba el sueño porque había leído en el último tomo de las Obras completas de William G. Knight que ser millonario no deshonra si no se desprecia a los pobres.

Creo que con ésta será la segunda vez que diga que no todos los tiempos son buenos. Dada la prosperidad del negocio llegó un momento en que del vecindario sólo iban quedando ya las autoridades y sus señoras y los periodistas y sus señoras. Sin mucho esfuerzo, el cerebro de Mr. Taylor discurrió que el único remedio posible era fomentar la guerra con las tribus vecinas. ¿Por qué no? El progreso.

Con la ayuda de unos cañoncitos, la primera tribu fue limpiamente descabezada en escasos tres meses. Mr. Taylor saboreó la gloria de extender sus dominios. Luego vino la segunda; después la tercera y la cuarta y la quinta. El progreso se extendió con tanta rapidez que llegó la hora en que, por más esfuerzos que realizaron los técnicos, no fue posible encontrar tribus vecinas a quienes hacer la guerra.

Fue el principio del fin.

Las vereditas empezaron a languidecer. Sólo de vez en cuando se veía transitar por ellas a alguna señora, a algún poeta laureado con su libro bajo el brazo. La maleza, de nuevo, se apoderó de las dos, haciendo difícil y espinoso el delicado paso de las damas. Con las cabezas, escasearon las bicicletas y casi desaparecieron del todo los alegres saludos optimistas.

El fabricante de ataúdes estaba más triste y fúnebre que nunca. Y todos sentían como si acabaran de recordar de un grato sueño, de ese sueño formidable en que tú te encuentras una bolsa repleta de monedas de oro y la pones debajo de la almohada y sigues durmiendo y al día siguiente muy temprano, al despertar, la buscas y te hallas con el vacío.

Sin embargo, penosamente, el negocio seguía sosteniéndose. Pero ya se dormía con dificultad, por el temor a amanecer exportado.
En la patria de Mr. Taylor, por supuesto, la demanda era cada vez mayor. Diariamente aparecían nuevos inventos, pero en el fondo nadie creía en ellos y todos exigían las cabecitas hispanoamericanas.

Fue para la última crisis. Mr. Rolston, desesperado, pedía y pedía más cabezas. A pesar de que las acciones de la Compañía sufrieron un brusco descenso, Mr. Rolston estaba convencido de que su sobrino haría algo que lo sacara de aquella situación.

Los embarques, antes diarios, disminuyeron a uno por mes, ya con cualquier cosa, con cabezas de niño, de señoras, de diputados.

De repente cesaron del todo.

Un viernes áspero y gris, de vuelta de la Bolsa, aturdido aún por la gritería y por el lamentable espectáculo de pánico que daban sus amigos, Mr. Rolston se decidió a saltar por la ventana (en vez de usar el revólver, cuyo ruido lo hubiera llenado de terror) cuando al abrir un paquete del correo se encontró con la cabecita de Mr. Taylor, que le sonreía desde lejos, desde el fiero Amazonas, con una sonrisa falsa de niño que parecía decir: "Perdón, perdón, no lo vuelvo a hacer."  

sábado, 12 de octubre de 2013

CONVERSACIÓN EN LA MONTAÑA - PAUL CELAN

CONVERSACIÓN EN LA MONTAÑA[1]

Paul Celan


Una tarde el sol, y no sólo el sol, había declinado, ahí se fue, salió de su casita y se fue el judío, el judío e hijo de judío, y con él iba su nombre, el impronunciable, se fue y vino, vino a trote lento, se hizo oír, vino con bastón, por sobre la piedra, me oyes, me oyes, soy yo, yo y él, el que tú oyes, que crees oír, yo y el otro: él iba entonces, podía oírse, iba una tarde, pues ciertas cosas habían declinado, iba bajo las nubes, iba por la sombra, la propia y la ajena –pues el judío, tú sabes, qué tiene él que le pertenezca realmente, que no sea prestado, tomado prestado y no devuelto-, se fue y vino, vino desde allá por la ruta, la hermosa, la incomparable, iba, como Lenz, por la montaña, él, al que habían dejado vivir abajo, en donde pertenece, en las hondonadas, él, el judío, venía y venía.

Vino, desde allá por la ruta, la hermosa.
¿Y quién, crees tú, vino a su encuentro? A su encuentro vino su primo, su primo e hijo de hermano, el que le lleva un cuarto de vida de judío, vino grande desde allá, vino, también él por la sombra, la prestada –pues cuál, yo pregunto y pregunto, ¿cuál es ése que Dios ha hecho judío y puede venir con algo propio?- vino grande, vino al encuentro del otro, Gross vino hacia K1ein, y Klein, el judío, hizo callar su bastón ante el bastón del judío Gross.


Entonces calló también la piedra, y todo era silencio en la montaña, allí por donde iban, éste y aquél.
 Había silencio entonces, silencio allí arriba, en la montaña. Pero no por mucho tiempo, pues cuando el judío viene de allá y se encuentra con otro, de pronto ya nada más calla, ni si quiera en la montaña. Pues el judío y la naturaleza son dos cosas distintas, siguen siéndolo, aún hoy, aún aquí.
Helos allí pues, los hijos de hermanos, a la izquierda florece el martagón, florece silvestre, florece como en ninguna parte, y a la derecha, la radicheta, y Dianthus superbus, el clavel espléndido, no lejos de allí. Pero ellos, los hijos de hermanos, ellos, válgame Dios, no tienen ojos. Mejor dicho, ellos, también ellos, tienen ojos, pero les cuelga un velo delante, no delante, no, detrás, un velo móvil; apenas aparece una imagen, queda pendiendo del tejido, ya aparece un hilo, que se hila, se hila entorno de la imagen, un hilo de velo; se hila en torno de la imagen y engendra un niño con él, mitad imagen mitad velo.

¡Pobre martagón, pobre radicheta! Helos allí, los hijos de hermanos, en una ruta están, en la montaña, calla el bastón, calla la piedra, y el callar no es callar, ninguna palabra ha enmudecido y ninguna frase; es apenas una pausa, un hiato, un lugar vacío, tú ves todas las sílabas alrededor; son lengua y boca, esos dos, como antes, y en los ojos les cuelga el velo, y vosotros, pobres vosotros, no estáis ni florecéis, ya no quedan vosotros y julio no es julio.

¡Habladores! Aún ahora, que la lengua les golpea tontamente contra los dientes y que los labios no se curvan, ¡tienen algo que decirse! Bien, déjalos que hablen...

"Has venido de lejos, has venido hasta aquí..."

"He venido. He venido como tú"

"Lo sé"

"Tú sabes. Tú sabes y ves: la tierra se ha plegado aquí arriba, se ha plegado una vez, dos veces y tres veces; y se ha abierto en la mitad, y en la mitad hay un agua, y el agua es verde, y el verde es blanco, y el blanco viene de más arriba aún, viene de los glaciares; podría decirse, aunque no se debe, que eso es la lengua que vale aquí el verde con el blanco dentro, una lengua, no para ti y no para mí -pues, me pregunto, para quién ha sido pensada, la tierra, no para ti, digo, no ha sido pensada para ti, y no para mí- una lengua, y bien, sin Yo y sin Tú, puros El, puros El, comprendes, puros Ellos, y nada más que eso".

"Lo sé"

"Lo sabes y quieres preguntarme: y has venido, sin embargo, sin embargo, has venido hasta aquí; ¿por qué y para qué?"

"Por qué y para qué... Porque he debido hablar, quizás, a mí o a ti, debido hablar con la boca y con la lengua y no sólo con el bastón. Pues a quién le habla él, ¿el bastón? Él le habla a la piedra, y la piedra, ¿a quién le habla?"

"A quién, hijo de hermano, yo sé... Oyes, dice, acá estoy, estoy aquí, he venido. Venido con el bastón, yo y no otro, y no él, yo con mi hora, la inmerecida, yo que he sido herido, yo que no he sido herido, yo con mi memoria, yo, el débil de memoria, yo, yo, yo..."

"Dice él, dice él... Oyes tú, dice él...Y Tú oyes, por cierto, Tú oyes no dice nada, no responde nada, pues Tú oyes es el que está con los glaciares, él que se ha plegado, tres veces y no para los hombres... El verde-y-blanco allí, el del martagón y la radicheta... Pero yo, hijo de hermano, yo, que acá estoy, sobre este camino, al que no pertenezco, hoy, ahora que ha declinado, él y su luz, yo aquí con la sombra, la propia y la ajena, yo; yo que puedo decirte:

He yacido en la piedra, en aquel entonces, tú sabes, en las baldosas de piedra; y junto a mi yacían ellos, los otros, que eran como yo, los otros, que eran distintos y exactamente como yo, los hijos de hermanos; y allí yacían y dormían, dormían y no dormían, y soñaban y no soñaban y ellos no me amaban y yo no los amaba, pues yo era uno, y quién quiere amar a Uno, y ellos eran muchos, muchos más que los que yacían alrededor de mí, y quién pretende poder amar a todos, y, yo no te lo niego, yo no los amaba, a ellos, los que no podían amarme, yo amé la vela que allí ardía, en el rincón a la izquierda, la amaba porque ardía en derredor, no porque ella ardiera en derredor, pues ella era su vela, la vela que él, el padre de nuestras madres, había encendido, pues aquella tarde empezaba el día, un día, exacto, un día que era el séptimo, el séptimo al que debiera seguir el primero, el séptimo y no el último, yo amaba, no a ella, yo amaba su extinguirse, y sabes, no he amado nada más desde entonces; nada, no; o quizás lo que se extinguió como aquella vela en aquel día, el séptimo y no él último; no el último, no, pues aquí estoy, en este camino del que dicen que es hermoso, pues aquí estoy; junto al martagón y junto a la radicheta, y cien pasos más allá, ahí enfrente, hacia donde puedo ir, ahí trepa el alerce hacia el cembro y yo lo veo y no lo veo, y mi bastón, él ha hablado, ha hablado a la piedra, y mi bastón calla y hace silencio ahora, y la piedra, dices, puede hablar y en mi ojo cuelga el velo, el móvil, cuelgan los velos, los móviles, tú has levantado uno y ya cuelga el segundo, y la estrella -pues ya está ahora sobre la montaña- si quiere entrar deberá celebrar nupcias y ya no será lo que era sino mitad velo y mitad estrella, y yo sé, yo sé, hijo de hermano, yo sé, yo te he encontrado aquí, y hemos conversado, mucho, y los pliegues de allá, tú sabes, no es para los hombres que están ahí, y no para nosotros, que íbamos y nos encontramos, nosotros, aquí bajo la estrella, nosotros, los judíos, que veníamos como Lenz, por la montaña, tú Gross y yo Klein, tú el hablador, y yo, el hablador, nosotros con los bastones, nosotros con nuestros nombres, los impronunciables, nosotros con nuestra sombra, la propia y la ajena, tú aquí y yo aquí: -yo aquí, yo; yo, que puedo decírtelo todo, que podría habértelo dicho; que no te lo dice y no te lo ha dicho; yo con el martagón, yo con la radicheta, yo con la extinta; la vela, yo con el día, yo con los días, yo aquí y allá, yo, quizás acompañado ¡ahora!- del amor de los no amados, yo en camino hacia mí, arriba".

Agosto, 1959.
Traducción: Susana Romano-Sued.



[1] Paul Celan, Gesammelte Werke. Dritter Band. GedíchteIII. Prosa.Reden. Hrsg. Beda Alemann/Stefan Reichert Surkhamp. 1986, Frankfurt am Main. (pp. ·169...173).

martes, 8 de octubre de 2013

CARTA DE MAURICE BLANCHOT PARA ROGER LAPORTE

Carta de Maurice Blanchot para Roger Laporte Diciembre 22 de 1984
Traducción: Juan Camilo Ricardo* 
Corrección y notas: Luis Antonio Ramírez**


Gracias, querido Roger, por su silencio. Gracias por sentirse en la amistosa obligación de romperlo hoy. Pero, antes que nada una precisión apenas útil, sin embargo. Ni el análisis ni el juicio crítico de Todorov me conciernen. Pues ese juicio también lo juzga. Y que yo pertenezca o no al pasado es realmente sin importancia. «Todo se borra, todo debe borrarse» Meschonnic, con sus ideas preconcebidas, necesarias para él –y él no es un mediocre–, lo hizo de una manera mucho más interesante (su palpitante hostilidad hacia Derrida dejó mostrar sus dificultades).

Usted conoce mi principio. Dejar a cada uno expresarse según su responsabilidad. Tal vez también me haya equivocado para aplicar en la política y en la historia personal. Todo eso comenzó con el libro titulado Les Anticonformistes de Droite. Fui cuestionado (si mal no recuerdo), no de una manera agresiva, sino más bien errónea. Errores algunos de poca importancia (entre otras cosas incomprensibles para mí: se decía que mi hermano era médico y aun se me atribuía en el periódico de los debates un papel que no era exactamente el mío); de otros errores más graves tenían que ver con Joven Francia[1], pero ¿qué hacer? No podemos hacer nada contra un libro, sino escribir otro, y yo realmente no veo la necesidad, no estaba de acuerdo conmigo mismo y no le daba la suficiente importancia para ello. Tanto que el proyecto para reunir a los no-conformistas de derecha y a los no-conformistas de izquierda –lo que he llamado los disidentes– no me era ajeno a la época.

Hay que entender que este periodo de la preguerra era un tiempo turbio, confuso y (para mí) extremadamente angustiante. Desde todos lados, de derecha, de izquierda, la democracia fue cuestionada. Parecía haberse agotado durante la gran guerra y nadie dudaba que la «victoria» se debiera a demócratas (Clemenceau) que  momentáneamente habían renunciado hacerlo.

A partir de ahí, surgieron múltiples tentativas que fueron encarnadas, tanto por la metamorfosis del surrealismo, como pruebas efímeras (por ejemplo Le Nouveau Ordre de Aron y  Dandieu[2], escritores talentosos e íntegros, pero ese título era muy escalofriante: Le Nouveau Ordre era también lo que pretendía ser el fascismo; por lo que no acepté colaborar con eso). Combat fue una de estas tentativas, entre las más modestas, tenía mis condiciones para cooperar allí. Primero que Brasilach fuera excluido de allí: Brasilach quien era distante de mí por una antipatía recíproca, casi por odio, representaba con talento las ilusiones más peligrosas de un fascismo «jovial», identificándose con la fiesta, la juventud, la felicidad de un mundo nuevo donde reinarían la fuerza del mito y el mito de la fuerza (lo que conducía al rechazo encarnizado del mundo sin mito que expresaba el antiguo judaísmo). La otra condición: el aislamiento de la Acción francesa[3] que entre otras cosas estaba en su ocaso, pero continuaba ejerciendo una influencia compleja. La Acción francesa era un símbolo, un símbolo de un nacionalismo limitado que detenía el tiempo a la revolución, claro, en ese entonces muy hostil al nacismo, pero marcado por un antisemitismo detestable y, además –para mí,  era importante–  por una concepción literaria tradicional que yo no seguía. Combat tuvo en la época una débil importancia, yo nunca me sentí cómodo allí. De igual modo (Le insurgé), que no tenía director y donde un día descubrí con estupor un artículo detestablemente antisemita. Me pidieron entonces tomar la dirección. Me negué y obtuve que me suspendieran inmediatamente. (El dinero que permitía la publicación de todos estos periódicos venia de «Huiles lesueur», representados por un hombre muy hábil y solapado, Rigaud, que más tarde procuró intervenir entre De Gaulle y Giraud). Otra tentativa fue (Le Rempart), diario cuyo director era Paul Lévy, el inspirador Georges Mandel (mano derecha, antaño, de Clemenceau), mientras que yo era teóricamente el jefe de redacción. El objetivo de este periódico, violento o más bien vehemente, era claro, simple y desgraciadamente más allá de los medios que disponíamos: el combate contra Hitler y, en particular, el combate militar para impedir que este retomase la región del Rin. Mandel, hombre notable, judío despreocupado por el judaísmo, patriota convencido, necesitaba un apoyo de la opinión para hacer creer al gobierno que este propósito era justo, pero al cual se oponía a Inglaterra. Él no lo logró, y esta derrota, como lo escribí, fue la premisa de Munich, fue el verdadero Munich.

Después de este desastroso fracaso, Mandel, un hombre de paz, un hombre de guerra, que tenía relaciones casi diarias con Paul Lévy, (mi) director, solo tenía esta preocupación: Ganar tiempo con la esperanza de que el ejército francés se reconstituyera y se modernizara –de ahí su hostilidad con respecto a Blue, quien tenía sobre todo preocupaciones internas; de ahí su desconfianza con respecto a  los judíos emigrantes, los cuales, al contrario, pensaban que una guerra inmediata desconcertaría a Hitler. Debo decir que la emigración, que tenía la persona de Paul Lévy un apoyo constante, constituía entonces mi cuasi entorno, natural entorno; la verdad sobre el extremo peligro que representaba Hitler surgía claramente, pero también permanecía entre rumores fantasiosos (que Hitler estaba gravemente enfermo, que estaba loco –y cómo no analizar a una especie de locura y sus horrorosos designios políticos: el incendio de Reichstag, la noche de cristal, la aniquilación de sus compañeros más cercanos). Muchos otros, la mayoría, pensaban lo contrario: no hay que exagerar, hay que ser prudentes, reservados, alertar a los judíos contra sí mismos. De ahí surgieron los textos que con razón se me reprochan. Pero hoy sería odioso poner en otros una responsabilidad que me pertenece. A ello se añadía la desconfianza de los judíos franceses cooptados por el sionismo. Levinas me había enseñado la importancia y el significado de la diáspora, el errar desventurado que tenía como contrapartida, la «diseminación» de la singularidad judía, su exclusión de todo nacionalismo como ultima verdad, su participación en la historia bajo una forma completamente distinta. Es por ello que fui llevado a decir una palabra (una palabra de más) sobre la «nueva doctrina» de Israel.

Pero yo sería parcial (necesariamente lo soy) si no añadiese que la mayor parte de mi tiempo profesional lo ocupé en el periódico de los debates (le journal  Des debates.) Periódico nacido en 1789, en la tribuna de Benjamin Constant, de Chateaubriand, etc.,  es decir, de un liberalismo, en ese entonces de oposición, sobrevivía a esos tiempos gloriosos, sobrevivencia que disimuló su ocaso, pero que mantuvo una cierta libertad en comparación a su gran competencia, Le Temps (el tiempo,) aunque estos dos periódicos fueron apoyados por el comité de Forges[4]. Tengo que reconocer que yo era muy feliz en este medio de hombres adultos, espirituales, instruidos, que nunca se tomaron muy en serio. En este periódico la política exterior apenas merecía críticas. El nacismo y el hitlerismo eran combatidos allí constantemente; si se mostraba demasiada indulgencia por Mussolini, fue por la esperanza frágil de que se volviera en contra de su aliado, como ocurrió en el momento del «Anschluss[5]». En cuanto a la política interior, era la ley del mercado, el liberalismo de origen de Adam Smith y Ricardo. Es por ello que hoy es como si asistiera a una mala comedia en la que regresa un liberalismo ya prescrito. ¿Cuál era mi papel? Aprender a hacer de todo para poder hacer todo. Y a menudo era un placer, trabajar con los tipógrafos, rehacer a último minuto los últimos artículos, que eran demasiado largos o demasiado cortos, corregir pruebas y suprimir los textos peligrosos (irónicamente se aprendía que habían tres tabúes: La academia –habían muchos académicos en ese periódico–, La iglesia y el comité de Forges). En realidad mi principal tarea era escribir, –escribir «brillantemente», según el carácter practicado en el periódico y en el mínimo de tiempo, escribir editoriales de las que previamente se habían discutido la substancia y la orientación con el director. En el fondo, había, –y de ello me di cuenta poco a poco– había dos clanes dentro y fuera del periódico. Uno estaba representado por André Chaumeix, no solo académico, sino además maestro de la academia. (Nadie podía ser elegido sin su acuerdo, y fue él quien hizo entrar a Maurras). El aparecía poco en el periódico, traía su «papel» y se desaparecía. En política interna su dominio principal se inclinaba cada vez más en una extrema derecha. Después del Armisticio, se dijo que fue el principal asesor de Petain y tal vez contribuyó a llevar a Maurras[6] hacia el detestable camino que este siguió. El otro clan estaba representado por el director del periódico (hombre muy sencillo, aunque conde) y el conjunto del equipo periodístico. Su política permaneció tradicional: un patriotismo moderado y un liberalismo heredado de los grandes ancestros. Fue poco a poco que me vine a dar cuenta de sus intenciones. Al nombrarme como jefe de redacción, él pensaba encontrar en mí, contra Chaumeix, la conservación de las viejas tradiciones. En ello no había nada de deshonroso, pero los sucesos decidieron lo contrario. En medio de estos sucesos,  y cuando todo parecía estar perdido, en vano traté de tener una influencia, recurriendo a P. Reynaud (presidente del consejo), ante todo me parecía necesario evitar el armisticio, evitar a Petain y para evitar ceder a la propuesta de Churchil, el cual deseaba relacionar constitucionalmente nuestros países (Inglaterra y Francia). Esta propuesta fue rechazada por todos, incluyendo a De Gaulle, incluso si él fue el honesto interprete de ello. Incluso me enteré que Weygand deseaba la derrota de Inglaterra para que la vergüenza de la derrota no fuese solamente la del ejército francés. Tales eran las intenciones de los menos germanófilos de nuestros dirigentes. Le he contado, creo,  cómo tuve el triste privilegio de asistir a Vichy para la capitulación de la asamblea nacional, poniendo ilegalmente a la tercera república y confiando todos sus poderes a un viejo hombre astuto de quien solo se podía esperar una política interior y una política exterior detestables, bajo engañosos simulacros. Entonces mi decisión fue tomada de inmediato. Era el rechazo, rechazo naturalmente contra la ocupación, pero rechazo no menos obstinado con respecto a Vichy quien representaba para mí lo más degradante que había en ese momento. Además, desde mi regreso a Clermont-ferrand donde casi todas las publicaciones se habían replegado, le rogué al director del journal Des Debates, sabotear el periódico. (Todas las editoriales que escribí en ese entonces, durante algunos días, fueron censuradas: era la prueba de que no podíamos escribir más nada sin entrar en los compromisos que ningún pensamiento honesto no puede aceptar). Él se negó, no por razones políticas sino por razones particulares que no puedo revelar. Así que me fui, me aislé de todo. Pero me parecía que, según mis medios, era en el mismo país y bajo la amenaza más próxima (la zona ocupada) que el rechazo podría ser lo más decisivo posible.

Dejé de lado lo que durante este tiempo (sin duda después de 1930) fue mi verdadera vida, es decir, la escritura, el movimiento de la escritura, su oscura búsqueda, su aventura esencialmente nocturna (tanto más que, como Kafka, solo me quedaba la noche para escribir). En este sentido, estuve expuesto a una verdadera dicotomía: la escritura del día en servicio de tal o cual (no olvidar entonces que yo escribía además para un arqueólogo reconocido que necesitaba ayuda de un escritor) y la escritura de la noche que me volvía un extraño a cualquier otra exigencia diferente a ella, todo cambio en mi identidad apuntaba hacia un desconocimiento inasequible y angustioso. Si en algo fui culpable era sin duda en esa división. Pero al mismo tiempo, ella aceleró una conversión de mí, abriéndome a la espera y a la comprensión de los cambios que se estaban preparando. No diré que hay una escritura de izquierda: sería una simplificación absurda y además sin alcance. Pero igual que uno encuentra en Mallarmé una exigencia política (Alain Badiuo hace frecuentemente alusión), lo que se une a la escritura igualmente debe ser privado de todas las convicciones que un pensamiento político puede procurar (una política conservadora limita los riesgos –de alguna manera la política nazi fue abismal; apeló a la nada para todos los que no se conformaron con sus reglas (su concepción racial de la humanidad), pero ella nunca fue cuestionada; Hitler, a menudo se decía neciamente en la época, era un pequeño-burgués conservador –por lo que Breton, dentro de las polémicas injustas que siguieron «Contre-Attaque», trataba a Bataille como “superfascista”, lo que no tuvo más sentido que una injuria).
 
Eso es lo que puedo decir por el instante, no sin dificultades. En cierto modo, siempre he tenido una cierta pasión política. La cosa pública me aviva frecuentemente. Y el pensamiento político es, quizá, aún algo por descubrir. Excúseme por todas estas observaciones que son poco importantes. Sin embargo, si quiere transmitírselas a Philippe Lacoue-Labarthe, pídale que no me juzgue por no habérselas comunicado directamente, en tal caso, son igualmente una respuesta a su amigable carta. ¿Uno puede invocar como excusa sus débiles fuerzas? No lo creo. Las fuerzas son de todos modos demasiado débiles, y la fuerza no es deseable nunca.


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*Estudiante de filosofía de la Universidad de Antioquia
**Docente de la Universidad de Antioquia 

                                                                    





[1] La joven Francia fue un movimiento político que se dio en la ocupación alemana debido a que Pétain entregó varias regiones al poder alemán.
[2] El nuevo orden, establecido desde 1929,representaba aspiraciones totalmente fascistas.
[3] Movimiento francés de extrema derecha en el que participó Blanchot en 1920 y que no tardó en rechazar.
[4] Comité de las grandes empresas industriales  que financiaban movimientos y publicaciones  1919 – 1983.
[5] El intento de unir a Alemania y Rusia.
[6] Charles Maurras; escritor, político de extrema derecha, anti-revolucionario, fue el principal ideólogo y organizador del movimiento político  Acción francesa

jueves, 3 de octubre de 2013

CARLOS GALVÁN

Carlos Galván: el pintor de espacios inhabitables.
"Contemplando su obra, no es difícil concluir que el pintor se mueve entre lo local y lo global, pendiente también de la cultura artística de las vanguardias, de las metrópolis modernas; lugares ajenos, cosmopolitas, quizás soñados para que cada espectador pueda añadir significados propios, insinuados o celosamente guardados por el autor". [Tomado de: 
http://www.artelibre.net/ARTELIBRE1/GALVAN/index.html]

Un artista que juega con la arquitectura y la fantasía al recrear mundos posibles (más imposibles) y, a su vez, plasmar en su obra aquellos inimaginables que una ciudad puede lograr. Además de ello todo es silencio, palabra muerta, solo imagen inalcansable, pero sí recreable en la imaginación.