martes, 31 de julio de 2012

LA MÁSCARA


La Máscara[1]
Georges Bataille

    Entre los enigmas propuestos a cada uno de nosotros por una corta vida, la que tiene a la presencia algunas máscaras ésta puede ser la más cargada de confusión y de sentido. Nada es humano en el universo ininteligible fuera de las caras desnudas que son las únicas ventanas abiertas en un caos de apariencias extrañas u hostiles. El hombre no sale de la insoportable soledad más que en el momento en que la cara de uno de sus parecidos emerge del vacío de todo lo demás. Pero la máscara lo devuelve a una soledad más temible: pues su presencia significa que incluso eso que habitualmente tranquiliza está de repente cargado de una obscura voluntad de terror cuando lo que es humano es enmascarado, no hay más nada presente que la animalidad y la muerte.

    La mascarada puede reducirse a la comedia que los hombres se juegan. Eso significa que la reflexión y el hábito hacen perder a las máscaras el poder de "terror nocturno" que les había pertenecido en primer lugar. Sin embargo, esa degradación nunca es tal como el antiguo terror no sea más representable. Para cada uno de entre nosotros, bajo una forma pueril, el sentido terrorífico de una máscara esta todavía vivo en una región obscura de la conciencia. Es natural que ese sentido se pierda a medida que el desarrollo de la inteligencia humaniza el mundo al devolver sus formas previsibles. Pero el sombrío caos que compone el anticuado fondo de las representaciones infantiles no es una representación más digna de desprecio que el universo civilizado de los libros. Ahora bien, la máscara posee aún la fuerza de aparecer en el umbral de ese mundo claro y tranquilizador del aburrimiento como una obscura encarnación del caos[2].

     Si ahora tomo el partido de representarme a mí mismo la máscara dejándome ir hasta mi ingenuidad pueril —eso que no hago por fingimiento sino con fuerza y sostenido por un sentimiento de profunda exaltación— debo reconocer en esa presencia mucho más que la simple hostilidad del caos. Pues LA MÁSCARA ES EL CAOS VUELTO CARNE. Está presente ante mí como un semejante y es semejante, que me mira fijamente, ha tomado en él la figura de mi propia muerte: por esa presencia el caos no es más que la naturaleza extraña en el hombre, pero el hombre mismo animando su dolor y su alegría eso que destruye el hombre, el hombre precipitado en la posesión de ese caos que es su aniquilamiento y su podredumbre, el hombre poseído por un demonio, encarnando la intención que la naturaleza ha de hacerle morir y podrir. Lo que sin cesar está comunicado frente a frente es a la vida humana tan precioso, tan tranquilizador como la luz. Cuando la comunicación ha roto con el hecho de una decisión brutal cuando el rostro ha vuelto por la máscara a la noche el hombre no es más que naturaleza hostil en el hombre y la naturaleza hostil es completamente amada de la pasión hipócrita del hombre enmascarado.

    Ninguna representación es más contraria a la de la ciencia. Cuando la ciencia hace de cada apariencia posible una realidad conforme a la razón del hombre, la máscara no confunde menos resueltamente el mundo y el hombre viviente, pero hace de la presencia en el mundo de un hombre una expresión de la naturaleza salvaje al mismo tiempo que ama las esferas del cielo y de la tierra de una vida sufriente o felizmente cruel. La máscara en verdad diviniza antes que humanice el mundo. Pues la presencia que introduce no es más la presencia tranquilizante del sabio: una fuerza divina sale de las profundidades de la animalidad natural es manifiesta cuando surge. Las normas y las reglas, las leyes de la vida social o de la naturaleza no someten ni a la máscara ni al dios[3]. La violencia, la animalidad y la "asocialidad" de esas figuras sagradas están marcadas también fuertemente como la bondad o el carácter intelectual y social de un Dios solidario de la moralidad y de la razón. Pero la salvaje destrucción de la normalidad humana —que pertenece propiamente a la naturaleza divina— es revelada por el animal y por la máscara, ella es violada en la imagen venerable a la cual el desprecio de Pascal daba el nombre de "Dios de los filósofos".

     Lo que está comunicado en el acuerdo de los rostros abiertos es la estabilidad tranquilizante del orden instaurado en la clara superficie del suelo entre los hombres. Pero cuando el rostro se cierra y se cobre con una máscara, no hay más estabilidad ni suelo. La máscara comunica la incertidumbre y la amenaza de cambios súbitos, imprevisibles y tan imposibles de soportar como la muerte. Su irrupción libera lo que se le ha encadenado para mantenerle en la estabilidad y en el orden. Si se quiere representar rigurosamente esa oposición mortal de la noche y del día, hace falta de los elementos que la ciencia considera. Se trata siempre de resultados que pueden ser previstos y repetidos sin fin: adquieren por ahí el carácter de una sustancia y cesan de desprenderse del tiempo. Siempre es posible recomenzar la caída de un cuerpo de predecir la aceleración. Es imposible, al contrario, inscribir fuera del tiempo un cambio tal como la muerte que tiene lugar de una vez para siempre. La caída de los cuerpos tiene el carácter de la eternidad, o puede por lo menos pretender tenerlo; la muerte de tal ser expone, al contrario, el carácter del tiempo, del cual cada momento vuelve a tirar a la nada aquello que la ha precedido. El tiempo no destruye la caída de los cuerpos que le mantiene extraño; pero destruye los seres mortales que están en su posesión. Ahora bien, la cara abierta y "comunicativa" hace pasar de un hombre a otro esa conciencia que la vida humana está en el orden social tan sustancial, tan verdadero como la caída eterna de los cuerpos sólidos: es así la cara del homo sapiens en la posesión suficiente de su ciencia. Pero una máscara basta para volver a tirar ese homo sapiens en un mundo del cual no sabe nada porque tiene la naturaleza del tiempo y de sus cambios violentos e imprevisibles. El tiempo hace entrar el eterno anciano en el caos sin cesar renaciente de su noche. Se encarna en el hombre amante, joven y enmascarado. La vida torrencial reenvía el homo sapiens a la banalidad de los tratado escolares: el homo tragicus obra con severidad solo en el ruido de aniquilamiento y de mortal destrucción de una historia de la cual nada es sabido más que un pasado siempre sepultado, siempre vano, solo es conocible.

     En la medida en que es conciente, la vida es más interrogación que respuesta. ¿Qué es la naturaleza? ¿el mundo? y ¿qué es el tiempo, qué los protege en su precipitación inapacible? Y ¿qué es pues él mismo, ese hombre que su propia vida interroga? Las afirmaciones que los sucesivos siglos han dado respuesta se han acumulado y construido y su vano trabajo ha hecho, desde hace mucho tiempo, desaparecer la antigua forma del enigma[4], aún vivo perseguidor de sus andares de hombre ebrio: la insolencia cargada de la máscara ha dejado el lugar al tranquilo escepticismo. El vacío hundido sucede a la encarnación de la embriaguez salvaje cumpliendo el destino trágico del hombre. Las representaciones pueriles hacen de cada forma nocturna un espejo horroroso de ese insoluble enigma que el ser mortal ha vuelto él mismo: pero la sabiduría aleja de los ilusorios juegos de la noche —para sustituirles las convenciones del día en el claro rostro. Feliz solamente aquel que, bajo el pleno sol, reencuentra ese punto íntimo de oscuridad total a partir del cual se eleva de nuevo una gran tormenta. Feliz aquel que el saco de las caras vacías y satisfechas decide a cubrirse él mismo con una máscara: reencontrará la primera embriaguez tormentosa de todo lo que danza a muerte sobre la catarata del tiempo. Percibirá que las repuestas no eran como huesos roídos tirados a los perros más que las formulas propias a mantener el esclavo sosegado del trabajo. Su alegría renacerá entonces de los terrores nocturnos de su infancia, pues la necesidad de la noche en que zozobrará no le embriagará menos profundamente que un deseo de desnudez.

 'Le Masque', de Georges Bataille. Traducción hecha por Gerardo Córdoba, filósofo de la Universidad de Antioquia, Medellín, Colombia.



[1] Traducción de Gerardo Córdoba O.
[2] Al margen: no solamente caos hostil en el hombre sino hombre-caos.
[3] Al margen: supresión de normas y de reglas. Es la interrupción de la comunicación humana.
[4] el enigma viviente, amado por un curso rápido: la insolencia





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