sábado, 22 de diciembre de 2012

EDUARDO COTE LAMUS

Terminando el 2012 presentamos al poeta Eduardo Cote Lamus, colombiano, con algunos de sus poemas. Siéntanlos.


YO SOY




 

Hay que sentir algo tan profundo como un dolor para poder decir: Yo vivo.

Hay que vivir atenazando con la mano las angustias para poder decir: Yo siento.

Hay que vagar sintiendo entre los brazos del cometa para poder decir: Yo sueño.

Hay que soñar partiendo del cosmos del tormento para poder decir: Yo sangro.

Hay que sangrar las mil arterias de las almas para poder decir: Yo plasmo.

Hay que plasmar lágrimas entre rocas de ansia para poder decir: Yo amo.

Hay que subir palpando desde la célula del mundo hasta el secreto de Dios para poder decir: Yo pienso.

Hay que soñar, sangrar, sentir, plasmar, vagar, subir, amar y vivir atenazando siempre, para poder decir: YO SOY.

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YO TE DIJE UNA VEZ

Yo te dije una vez: búscame más allá del canto de los pájaros y de la savia del viento y de la sangre del verbo, porque si te detienes en mi rostro únicamente sólo podrás decir: es un fantasma.

Aquí sólo el tiempo relata caracoles para que de pronto me siembre entre las piedras y queden los espartos como únicos testigos de una voz que fue de bote en bote arrancando cisternas y faroles.

Pasa la vida arándome la frente como si la sombra hubiera abierto las palabras y todo cuanto mi sed ha atenazado va empozándome en mis venas destruidas que no quieren ver el alma ni el silencio.

(Suena, suena, corazón, y mueve, mueve estas manos que poseen la distancia y estas ansias revueltas en los dedos y esta lengua mordida en los deseos y esta carne floja y podrida que remacha el espíritu en el cuerpo).

Yo, ahora, no digo nada más. Espera que derrumbe las orquídeas y el temblor de las rosas en el aire y que plante al fin de los ensueños

las miradas en la palma de tu mano.
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EL CUERPO DOMINADO

Para morir tenemos grande el cuerpo. La muerte es el tamaño de la vida. Soñamos. La plegaria viene luego, cuando la sombra aumenta el corazón; la luz de pronto se abre, quema. Soy un cuerpo encadenado lleno de alma. La memoria, la fe, la condición de ser un hombre más entre los hombres: pecado vigilante, me limitan. Cuando se tiene el pan yo pienso que los pobres tienen hambre porque como, cuando padezco yo sed de justicia digo que no soy quién para obtenerla, cuando busco en la vida solamente aquello que he querido, me conmuevo, porque siempre el dolor fue deseado. El cuerpo no es culpable: es manso, duerme. Tenemos que purificar el alma, amigos

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A JORGE GAITÁN DURÁN

Cómo pesa la luz en este otoño. Todo lo borra, todo lo consume; su mano es solamente hierro, yunta; nos dice: aquí está el bien, aquí está el mal, y no nos deja optar. Vas por caminos acaso demasiado claros: la luz de otoño es honda, ciega, pesa en las hojas lo que un día en un muerto. Remontando palabras has buscado la presencia del hombre, la insistencia en lo triste: medidas de tu asombro. Me parece que no has hallado nada y que las cosas te reclaman. Vuelves. La luz se te ha dormido entre los huesos y el viento acaudillando eriales vino a morir entre tu sombra. Por cuantos países fuiste te nació un recuerdo: ¡cuántos días gastaste para ver el destino frustrado! Y te has caído sobre tus pasos, solo. Tú regresas. Devolverás los sueños inservibles y de nuevo el calor, las viejas muertes de los abuelos, las tumbas resecas, el aliento de los contrabandistas con bocas llenas de vainas y de oro y el oculto lector de tus poemas, no te comprenderán; para ellos, luz; tienes la sombra muy oscura, amigo. ¿No imaginas el sol como un gran río a fuego lento y que se nutre con

la ceniza de sus despojos, Jorge?

-------------------------------------------------- ESTORAQUES

III

El tiempo nada más en la piel del estoraque, el tiempo como un perro que nunca llega al hueso, el tiempo ladrando como perro, como un perro derrotado por los sueños.

En la superficie el tiempo: Heráclito el Oscuro hubiera aquí encontrado que su río es la sed, hubiese aquí encontrado que es mejor el limo que los días, el cristal que las imágenes, la rueda del molino igual al agua.

Aquí las ruinas no están quietas: el viento las modela. Por ejemplo lo que antes era escombro de palacio lo convirtió en estatua la erosión y lo que fue la sombra de la torre es ahora la sombra del chalán.

Ese bote de lanza del jinete contra algo inexistente, ese ademán de contienda en esos ojos sin sueño, ese violento paso del caballo detenido por siempre, ese color, fueron antes las bases de algún templo, el comienzo de algún arco, el fin de tanta fe entregada a un dios terrible.

Hoy es un rostro, máscara mañana, sueño primero, luego ni recuerdo, columna ardiendo en el viento en llamas, tórridas manos sobre la garganta del caballero ecuestre, río, ríos de sombra al rojo blanco dominando aquello que existencia fue sin duda.

En esta sucesión que nadie nota algo que no se mueve ni transforma, algo quieto a pesar de tanto caos, algo que permanece sin embargo aunque desaparezcan estoraques y nazcan otros, aunque aquellos bosques de serpientes de pie como escuchando la flauta del encanto comprendieran que nunca han existido.

Pero es que aquí, también, todo se queda. Es que acaso ¿razón tenía Parménides? En fundamento todo permanece, los elementos son iguales siempre y la materia siempre es inmutable, inmóvil es el ser y no se mueve (ser y pensar son una cosa misma) y todo esto que vemos y sentimos es no más que un asunto incomprensible.

No más que la alta hoguera de la estrella sobre este mundo. Nada más que el sueño de pronto convertido en nada. Nada distinto al propio fuego en que se incendia ebria, la luz, muy dentro de la tierra o encima de la lámpara que lleva todo nombre encendido. El estoraque siempre tiene las luces apagadas.

Al polvo nada vuelve, todo queda delante de los ojos y las manos sin poder recoger huellas de arena, sin poder encontrar en tanta forma cosa distinta de nuestro fracaso. Por esto, Gorgias, Gorgias, yo te veo. En la verdad te vi, en lo incomprensible después de preguntar qué significan

esta vida, estos monstruos, estos sueños.

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SILVA


Como irse a la habitación más oscura de la casa y allí desterrarse y ser orgullo hasta la humildad; como las noches en placer extranjero, sin idiomas, buscando con ojos voraces la mujer más sencilla entonces la más cruel porque se haya visto deseada; como hundirse hasta la conciencia y encontrar que las culpas son más densas que el alma, y obligarse a la resignación; igual que preguntar por un amigo y saber que desapareció desde la infancia: así fue Silva rechazado peor que los insectos. Lo imagino con la rabia como una hacha entre los dientes queriendo abrirse paso entre la vida, de tan densa, tratando de inculcar a la sociedad que acompañaba el obrar noblemente y el buen gusto; pero ellos, hijos de las masturbaciones y de la vanagloria, sólo sabían de sílabas a golpe de dedo e ignoraban la armonía y el mundo de las palabras. Su juventud fue el conocimiento de la poesía o el hallazgo de la soledad. La risa de Verlaine también fue mueca en silva, y por su rostro, tenso como el salto de un tigre, cruzó la sonrisa cuando la piel se le fue llenando de palomas.

Porque triste es querer aquello que es mortal; más le vale al hombre aceptar su fracaso desde los abuelos o esperar con el calor sofocante y brutal y sin el menor soplo de aire, y sentir que una ave inmensa pugna desde el centro de la tierra por salir, y que la carne se agrieta como Cúcuta después de los temblores y ver que todo es claridad o sombra y que todo se traspasa como las manos al fuego. Hasta la misma poesía a Silva le fue adversa. A veces uno piensa que su sepulcro eran sus huesos, arbitrariamente erguidos como ley en su estatura. Pero a Silva el cuerpo le quedaba estrecho como un muerto con ataúd pequeño, como esos muertos que van creciendo en los velorios y hacen crepitar la madera.
La gana de no vivir, el desconsuelo, el paso de la dificultad a un nuevo abatimiento, el desvivirse y creer, la enfermedad del siglo, el doctor y sus dogmas como látigos, la inconformidad y también el no creer.

Como flecha que crece en el árbol hasta que madura para el arco, como los árboles que por tanto contemplarse desbordan el río: La muerte que nació contigo, y la vida, ese otro nombre de la muerte, te llenaron hasta inundarte, hasta saber que en ti no había sino un naufragio: que tu olfato combatía con el gusto, tu ojo contra los objetos.

Las manos contara sí mismas y enemigas del tacto, el silencio contara tu oído, tus sueños contara la memoria, que tu pie derecho no era aliado de tu pie izquierdo, que cada músculo era un desafío contra tus huesos, que el olvido no llegaba, y que el futuro, la perpetua contienda, estaba lleno de vencimientos, y el asco... Ahora conoces los cambios de la naturaleza.
Pero, ¿ Cuántas veces renaciste en la flores silvestres?¿ Que casco de potro la sal de tu sangre endureció ?¿Relinchó acaso acaso cuando supo que coceaba un muerto?

Ahora, dentro de la tierra, ¿ trabajas en algún metal que estallará como conjuro para los días de la solemne restitución de los vivos ?

Humillado por la misma poesía que no supo defenderte tu presencia está en las mismas palabras que se fugan, en la noche que llega sin saber detenerse.

No se llore la muerte porque la muerte es una compañía, ni la vida, sino las de que de nosotros nacerán, y a los hombres que vinieren y a nosotros, Dios nos guarde,
ahora, y en la hora, de nuestro nacimiento, amén.
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EL VÉRTIGO
Para Alfonso Costafreda


Todo se va cayendo, todo es piedra,
molino que cambia aire por harina
como el hombre es igual a lo que anhela.
Todo se va cayendo, todo es plomo
que cae ceniciento por la piel.
Y todo va cayendo al miedo. Alguien
usa la voz como perfume: cae
sobre su sombra y la destruye, cae
envuelto de pasión sobre sus pasos:
los borra, los sepulta, los camina.
Todo se va cayendo, todo es sueño:
la luz para encenderla tiene un nombre,
otro para apagarla. Todo es sueño.
Alguien se fue quitando días, poco
a poco, hasta quedar sin años, para
meterse en tierra y embozarse en ella.

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LA BOCA OSCURA

En cada viento llega una palabra,
igual que cada sueño tiene un nombre;
y el movimiento de la primavera,
con su viaje de vuelta en el otoño,
deja atrás un lenguaje que ella olvida.
Siempre la boca tiene labios nuevos.
Pero siempre es oscura porque nunca
obtiene lo que muda: el testimonio
del tiempo que se va, no el que se queda.
Un fuego inaugural, como una estatua
que fuese a hablar, las voces de un metal
desconocido de los hombres, no
de la montaña. Y es deber del canto
hermosamente relatar el árbol,
no el que vemos y bajo el cual soñamos,
sino la imagen que se lleva el rio.


Fuentes: http://caribe.udea.edu.co/~hlopera/La_Palabra_Viva/ecl.html

http://www.banrepcultural.org/blaavirtual/literatura/alpoco/alpoco21.htm

http://www.antoniomiranda.com.br/iberoamerica/colombia/eduardo_cote_lamus.html

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